Resaltar búsqueda

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del universo, que no  quieren comprender que cada ser humano es una respuesta distinta, pero igualmente válida al enigma del universo.

    El aislamiento de Miralina se expresa por medio de un terreno baldío en donde vienen diferentes hombres a edificar construcciones demenciales. Una magnífica posibilidad escénica de construir ante el público andamiajes llenos de dramática plasticidad. Miralina aparece niña, para terminar rapada arrastrándose en una silla de ruedas. Otro momento emocionante: un árbol, que sin duda representa el yo infantil del personaje, es desgajado ante el espectador por un hombre vestido de niño: veo ese enorme árbol, poderoso, lleno de ramas, resistirse al embate del hombrecillo y por último caer estrepitosamente como un monstruo diluviano.

    La liberación de Miralina se realiza cuando asesina a un último personaje, que encarna sus recuerdos, construyendo sobre su cuerpo, atravesándolo cruelmente, un muro hecho de todos los escombros del pasado. En fin, son tantos los elementos teatrales que pueden ser utilizados y que aparecen en esta obra: sueños, progresión de edades, erotismo violento, como por ejemplo en el caso del hombre romántico que, mientras más delicado es, como contrapunto bestial, no puede impedirse de confesar: “Te deseo”; son tantos los elementos teatrales que no es el caso aquí enumerarlos.

   Me parece evidente que Miralina es una obra realista que enfoca problemas muy vigentes para todo aquel que no teme la luz del análisis profundo.

          Alexandro Jodorowsky

(Director Teatral)

 

     “Marcela del Río ha estrenado una hermosa, difícil e inquietante pieza

diorama

teatral

teatral que con el título de Miralina nos coloca ante un sustento de poesía en un escenario. Si el teatro es contrarrealidad o contradicción, esa pieza en un acto, dividido en cuatro escenas, justifica en sí misma su realización.

     “Su confrontamiento con el público -y con el público se incluyen autores, actores, gente de teatro, críticos- puede, en un momento inesperado, no comunicar o no causar la tensión que habitualmente se espera en una velada teatral. La razón es compleja y sencilla a la vez: nuestro público no está totalmente preparado para un tipo de teatro como aquel en que los símbolos se apoderan de la verdad y la poesía le quita la careta al diálogo directo. Ese diálogo realista y brutal es propio de algunas renombradas piezas teatrales contemporáneas. La poesía o lo poético ha dejado de ser sustancia de colaboración para cualquier tensión sentimental; ha venido a ser lenguaje esotérico, diálogo en clave, signos extraños, que sólo los poetas, o a lo sumo los intelectuales, con y sin esnobismo, entienden, gustan y conocen.

   Miralina está pensada para salir de la realidad. Para salir de la realidad del teatro. Para seguirla por su camino de “instantes” interiores. Es la búsqueda de algo que quizá ni ella misma espera. Lo que suele ser la búsqueda más espléndida, por ser la única gratuita. Los cinco amantes que destruyen a Miralina para construirla son el sueño que no se queda y que sin embargo se queda para construir sobre la “tierra

 

baldía”, lejos, fuera de la monstruosa y estúpida realidad; así se salva el artista o el héroe de quien hablaba García Ponce: por la necesidad de destruir para tener algo que construir.

    “Su lenguaje total corresponde a una idea femenina que pone en movimiento la fábula. La fábula es ciertamente cruel, amarga; porque es amargo y cruel el impulso de soñar: la negación de lo presente y de lo irremediable.

    “El teatro que todos los días y generalmente se hace en México, es un teatro que busca la facilidad en el engaño y la facilidad en el juego. Peligrosamente se desliza por lo ramplón, lo cursi y hasta la corrupción del gusto. Una obra como Miralina de Marcela del Río es ajena a esa corriente. Sus valores lucen a la luz de otros conceptos teatrales.”

           Fernando Sánchez                   Mayans (Dramaturgo)