teatral que con el título de Miralina nos coloca ante un sustento de poesía en un escenario. Si el teatro es contrarrealidad o contradicción, esa pieza en un acto,
dividido en
cuatro escenas, justifica en sí misma
su realización.
“Su confrontamiento con el público -y con el
público se incluyen
autores, actores, gente de teatro, críticos- puede, en un momento inesperado, no comunicar o no causar la tensión que habitualmente
se espera en una velada teatral. La razón es compleja y sencilla a la vez: nuestro
público no está totalmente preparado para un tipo de teatro como aquel en que los símbolos se apoderan de la verdad y la poesía le quita la careta al diálogo directo. Ese diálogo realista y brutal es propio de algunas renombradas piezas teatrales contemporáneas. La poesía o lo poético ha dejado de ser
sustancia
de colaboración para cualquier tensión sentimental; ha venido a ser lenguaje esotérico, diálogo en clave,
signos extraños,
que sólo los poetas, o a lo sumo los intelectuales, con y sin esnobismo, entienden, gustan y
conocen.
“Miralina está pensada para salir de la realidad.
Para salir de la realidad del teatro. Para seguirla por su camino de “instantes” interiores. Es la búsqueda de algo que
quizá
ni ella misma espera. Lo que suele ser la búsqueda más espléndida, por ser la única gratuita. Los cinco amantes que destruyen a Miralina para
construirla son el sueño que no se
queda y que sin embargo se queda para construir sobre la “tierra
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baldía”,
lejos, fuera de la monstruosa y estúpida realidad; así se salva el artista o el héroe de quien hablaba García Ponce: por la necesidad de destruir para tener algo que construir.
“Su lenguaje total corresponde a una idea femenina que pone en movimiento la fábula. La fábula es
ciertamente
cruel, amarga; porque es amargo y cruel el impulso de soñar: la negación de lo presente y
de lo irremediable.
“El teatro que todos los días y generalmente se hace en México, es un teatro
que busca
la facilidad en el engaño y la facilidad en el juego. Peligrosamente se desliza
por lo ramplón, lo cursi y hasta la corrupción del gusto. Una obra como Miralina de Marcela del Río es ajena a
esa corriente.
Sus valores lucen a la luz de otros conceptos teatrales.”
Fernando Sánchez Mayans (Dramaturgo)
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