Resaltar búsqueda




Miralina

 

Teatro del Granero. Autora: Marcela del Río. Dirección: Fernando Wagner. Escenografía: David Antón. Reparto: Rosa María Caloca, Javier Marc, Sergio Jiménez, Enrique Becker, Roberto Dumont y Juan Felipe Preciado.

     

     En esta ocasión no es a mí, llámese Mara Reyes o Marcela del Río, dar opinión sobre una obra que nacida de mi pluma, no me corresponde juzgar. A lo sumo, puedo expresar que en ella quise plasmar cómo un mismo individuo vive en el curso de su vida una serie de identidades diferentes, una serie de mutilaciones y adiciones que hacen de su ser una continuidad de seres, no idénticos, ni univalentes, que mantienen relaciones cambiantes, “relativas”, con los mundos exteriores, y digo mundos porque el mundo objetivo tiene distintas significaciones para cada ser, en cada momento de su vida. El personaje de Miralina, a través de relaciones afectivas que la van mutilando unas, completando otras, recorre el largo camino que va desde la ilusión, la idealización y la fantasía, hasta la adaptación y la realización.

      Pero como es frecuente tener los ojos ciegos cuando se mira a un hijo propio, prefiero dejar la palabra a plumas imparciales:

 

Una carta

 

   “Reitero la felicitación de ayer noche, y le repito lo fascinante que encontré la pieza. Comprenderá que por deformación profesional haya sido yo más sensible al lenguaje simbólico y a la temática emocional y afectiva que muestra, que a la indudable belleza

diorama
teatral


       por mara reyes

técnica y literaria de la composición. Espero también, que vea como un elogio el que sea por el lado de mi oficio que haya tenido la agradable sorpresa, pues esto significa que tiene usted una sensibilidad muy fina hacia los procesos del inconsciente, y que mecanismos muy finos de la emoción humana son particularmente nítidos y claros para usted.

     “En especial, fui sensible al proceso de desmantelamiento de las ilusiones tempranas, y a su fatal desgarro por las vicisitudes de la vida. La idealización, a mi manera de ver, es una trampa continua de la vida humana, un semillero permanente de dolor, y un encubrimiento de lo “siniestro”, que tiene la desventaja de ser no solamente aceptada por el “yo”, sino fabricada por él de todas sus piezas, con la mejor de las intenciones y con lo que él (el yo) considera lo mejor de mismo. En su pieza corroboré el viejo aforismo de que tras cada idealización se esconde un persecutor ineludible.
   “La persecución, evidente-mente, se realiza en contra y a través de los objetos infantiles y fantaseados, y por eso hiere tan hondo y causa tanto dolor. Todo eso, y muchas cosas más, están en su obra...”

       Dr. Rafael Barajas

(Psicoanalista)

  “Comprendo que la simbología de Miralina, la obra de Marcela del Rio, sea difícil de entender para un público común, acostumbrado a un teatro más apegado a lo que equivocadamente se llama “realidad”. Debo, sin embargo, afirmar que Miralina es una obra realista, mucho más que otras en el sentido de que no solamente muestra la conciencia de un personaje, sino también, y principalmente, sus luchas inconscientes, en donde el sueño y los recuerdos tienen tanta validez como los actos presentes. En esta obra desfilan los fantasmas que pueblan el espíritu de una mujer, sus primeras fijaciones sexuales, sus actos sádicos y masoquistas, su búsqueda de liberación, y por sobre todas las cosas, el enorme deseo de encontrar un vínculo real con el mundo. Miralina, como toda mujer sensible, se topa con una serie de personajes, tan enajenados como ella: el que vive de ilusiones, el hombre-niño que quiere convertir a su amante en madre, el que se cree equilibrado y trata de castrar toda imaginación, facultad que es el motor de la vida; el amante-padre, “tan perezoso para ayudarse a sí mismo que quiere ayudar a los otros”, etcétera. Personajes que creen, cada uno detener en su espíritu la verdad

 

Sigue en la página seis