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a las viejas formas de interpretación -contra las que hoy, todavía estamos luchando-, para nosotros, espectadores de 1963, nos parecen caducas y sólo de
una sobreactuación inútil. Los lloriqueos perpetuos de Edmonda Aldini,
llegan a ser insoportables.
Y si bien la escenografía -de Giulio Coltellacci-, en gris y blanco, con antorchas dentro y atrás de la escena (que
se traslucen a través del telón de fondo), lo mismo que el vestuario
estilizado,
me parecieron excelentes, la dirección, cayó, a mi parecer, en la trampa que pone a los intérpretes toda obra
de una
época pretérita, ya que por respetar
las formas, se olvida el director que montar una obra no es reproducirla, sino recrearla (y esto va también para las
obras de autores presentes).
Pero esto es simplemente una divergencia de conceptos. De cualquier modo, esta compañía, cuyos actores, como buenos italianos, todo lo hablan con las manos -hecho del que ellos mismos hacen mofa-, nos ha traído su propia visión del teatro, sincera, lo que es muy respetable
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