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 t e a t r a l

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himatión, peplo y demás prendas de la vida diaria, de este modo no habrían salido unos personajes con coturnos, con sandalias y huaraches, con tacón otros y algún otro descalzo; ni unos con máscara, otros con cabello natural y otros con cabello artificial, de cordones o estambre.

Pudo, si ello le era más fácil, hacer un vestuario convencional que no tratara de asemejarse a aquel de los griegos, pero que fuera una creación estética y no caer, como lo hizo, en esa mescolanza de mal tecnicolor y peor gusto.
     
Ese vestido rojo que desluce Isabela Corona, es una verdadera puñalada a los

ojos y los trajes de las erinias, verdes a pesar de que en toda la obra se dice que son negros y no se olvide que los colores entre los griegos, como aún entre nosotros son simbólicos, con esas máscaras de una ingenua monstruosidad son sencillamente ridículos.

 

    En cuanto a la música de Leonardo Velázquez no estoy contra ella, sino contra la forma en como fue utilizada, como si se tratara de una película de suspense.

   Pero qué más puede decirse, si aquellos que llevaron a escena esta trilogía confunden en tal forma el significado de los títulos de cada obra que llaman a las coéforas: suplicantes; ignorando que coéforas eran aquellas que llevaban los vasos para las libaciones que se hacían en el culto a los muertos, y suplicantes, aquellas personas que se acogían a la benevolencia de un dios, de una ciudad o de una casa, cuando sentían que algún peligro les amenazaba; además de que Las suplicantes es otra tragedia de Esquilo, primera de una trilogía de la cual se perdieron las otras dos: Egipto y Las danaides, que la componían. Y así, en el programa de esta trilogía, anuncian: “La orestiada de Esquilo que comprende las tragedias: Agamenón, Las suplicantes, Las furias” en vez de Agamenón, Las coéforas, Las euménides, pues hay qua hacer notar que tampoco el nombre de furias es el correcto, ya que cuando aparecen al principio de la tecera obra, son las erinias venidas de las regiones subterráneas y, al finalizar la obra, Atenea les da asiento en Atenas convirtiéndolas en “Euménides” -o benevolentes- final que Retes suprimió privando a la obra del hecho del que toma el nombre. Y “furias” era sólo la designación que [a] las erinias daban los romanos y no los griegos, mucho tiempo después de que Esquilo escribió la obra.

   Alguien ha dicho que los nuevos ricos del teatro gastan el dinero sin medida en algo que no conocen. ¿No es vergonzoso que el teatro del Seguro Social, que tiene en sus manos todos los recursos       -económicos y artísticos- y que ello le da más responsabilidad, yerre en tal forma?