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La orestiada. Teatro Miguel Hidalgo. Trilogía: Agamenón, Las coéforas y Las euménides. Autor: Esquilo. Dirección, Ignacio Retes. Escenografía, Julio Prieto. Vestuario, Graciela Castillo del Valle. Música, Leonardo Velázquez. Reparto: Isabela Corona, Narciso Busquets, Antonio Medellín, Luis Lomelí, María Idalia, Meche Pascual, Emilia Carranza...

Juzgar La orestiada como una leyenda de vendetta de aquella primitiva ley del Talión es caer en un enjuiciamiento simplista. Aquel que se atreve a poner esta trilogía de Esquilo en escena no puede pasar por alto la profundidad filosófica que animó a aquellos personajes griegos. El espectador acudía al teatro para purificarse, para entregarse por entero a una ceremonia ritual, para ponerse en armonía con el universo.

El pueblo griego a través de sus diversas manifestaciones artísticas dio prueba de que veía al hombre como medida de todo lo que existe, pero haciendo que a la vez el hombre viviera integrado al ritmo cosmogónico; “el actor era como una expresión visible y audible de la fuerza mística -ha dicho Alfonso Reyes-. Los personajes no son sino conciencias qua cavilan en los destinos a través de símbolos objetivos y humanos. Los haces místicos vuelan por el aire oscuramente; pero se tiñen y se hacen perceptibles en ese pretexto de voluntad: la figura humana.”

Desgraciadamente Ignacio Retes, director de escena de esta trilogía, parece que desconociera todas las implicaciones de la tragedia griega.

Ha hecho a un lado todo cuanto pueda relacionarse con el humanismo, con el carácter eminentemente simbólico del género, con el lirismo, con la fuerza trágica que provocaba en el público una catarsis.

 

El origen ritual estaba tan arraigado en el teatro, que a pesar de que Esquilo se refería al treno en forma irónica, indicando que era un “canto de duelo” no sólo por emplearse en las ceremonias fúnebres, sino por ser una forma de expresión antigua que ya pedía duelo, a pesar de esto, en Las coéforas se sirve del treno en el episodio de Electra frente al túmulo de Agamenón, el cual consiste, como explica Adolfo Salar, en “una recitación entonada por un cantor o recitante a la que seguía el canto de todos los asistentes; después un diálogo, alternativo entre el solista y el coro; por fin, un dúo”; y de esta forma ritual, en Las coéforas que dirigió Retes sólo puede encontrarse un esqueleto, una sombra bastante indefinida y gris que recuerde aquella ceremonia ancestral.

En vez de personajes que luchan contra la fatalidad y que ineludiblemente quedan sometidos a ella, sólo puede verse en escena caricaturas   -ni siquiera extraídas del original, sino de una mala copia-, Erinias que en vez de hijas de la sangre del mutilado Urano y representativas de la conciencia y de la culpa, parecen figuras que dibujó Walt Disney para el espanto de los niños.

Nada del espíritu helénico, nada del impacto emotivo, nada de la armonía ni del ritmo y dinamismo de la tragedia esquiliana se halla presente

en La orestiada que Retes escenificó.

EI revolucionario del teatro de su tiempo, el combatiente en Maratón, el consagrado que al sentir que un joven -Sófocles- le arrebataba la guirnalda al traer al teatro una nueva aportación: el tercer actor, fue capaz de renovarse, de asimilar la nueva técnica para escribir La orestiada para no dejarse vencer; Esquilo, después de veinticuatro siglos ha sido agraviado.

¿Qué mayor agravio que la personificación que de Clitemnestra hizo Isabela Corona? Su gesto exagerado, su hablar intencionado no correspondían a la emoción que estaba produciendo, que por otra parte era nula; si en vez de estar personificando a Clitemnestra hubiera sido a un personaje de nombre María Pérez, habría necesitado variar su actuación. Isabela, la actriz que en otras ocasiones ha electrizado al

que por ser un papel que poco se prestaba a que Retes lo desvirtuara pudo personificarlo con dignidad.

   De los coros que aparecen en cada obra -aunque despojados de la danza y del canto- el de los ancianos y el de las coéforas, estuvieron bastante correctos, sobresaliendo Raúl Quijada, Alicia Quintos y Graciela Orozco.

   Del tercer coro, el de las erinias, a pesar de la buena voz de Socorro Avelar, la forma en que estuvieron vestidas y la pobreza con que fueron dirigidas, hizo imposible cualquier destello.

  En cuanto al pueblo atniense de Las euménides no puede ni hablarse, pues Retes hizo que apareciera inútil y más plano que una pintura antes de que se inventara la perspectiva.

  Del resto de los personajes    -¡si no se les hubiera hecho recitar tan monótonamente!- Emilia Carranza,

diorama teatral

esquilo

agraviado.

   obra en  tres

desacatos

 

por MARA REYES

público, ahora lo electrocutó; la falsedad transpiraba por sus poros.

 

Los actores y los espectadores al encontrarse unos frente a los otros deben producir una corriente emocional, lo mismo que cada actor frente a los demás actores debe suscitar una interrelación para que pueda existir un todo escénico; Isabela Corona no produjo nunca esa corriente con el público, ni tuvo ninguna interrelación con sus interlocutores. Cada intérprete estaba aislado, como dentro de un círculo que le defendiera del resto de los actores y del público.

La forma en que Retes hizo presentarse a Agamenón, irritado, como si adivinara de antemano el lazo que se le tendía y a Clitemnestra agresiva, en vez de hipócrita, denunciando virtualmente su traición con su actitud, hizo demorarse una de las premisas mayores que Orestes tuvo para ejecutar su venganza: el engaño con que fue asesinado su padre.

Este error de dirección ocasionó que Narciso Busquets, quien trabajó su papel en forma decorosa, equivocara la intención de su personaje quedando en esta forma desfigurado.

Se salvan apenas Antonio Medellín, quien encarnó a Orestes con la mayor propiedad posible y discreción, María Idalia, a la que lo actriz le aflora a pesar de cualquier director, y Meche Pascual,

que desempeñó el papel de Electra, y Luis Lomelí, no dejaron ninguna huella especial, en cambio, otros, como Antonio Gama, a quien se le han visto buenas interpretaciones, no puede dejar de reprobársele su participación en este desventurada trilogía. Sin contar con otros actores que más valía que no se hubieran presentado al público, como por ejemplo María de los Ángeles Herrejón -la nodriza- y Edith Byrd -la pitonisa-.

   Sabemos que 1a escenografía no puede atenerse a los cánones griegos primeramente, porque el tipo de teatro es otro, la técnica escenográfica también es distinta y el público no admitiría hoy, quizá, una reproducción literal de aquellas puestas en escena; así pues, Julio Prieto, dejándose libres las manos y tratando más de producir una impresión que de apegarse a lo auténtico, logró una escenografía adecuada y salvo algunas estilizaciones innecesarias    -como la estatua de Palas Atenea- en general esta impresión fue buena. No así el vestuario, diseñado y realizado por Graciela Castillo del Valle.

   Lo primero que debía haber hecho era ponerse de acuerdo consigo misma, o con el director, en si los personajes iban a caracterizarse como en el teatro griego, con máscara, coturno, onkós, etc., o al modo como vestían las gentes en la polis: quitón,

 

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