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diorama

teatral

Sigue de la página dos

 

 

nuestras abuelitas -suponiendo que éstas, por el solo hecho de serlo, deban también ser cursis- ya que no escasean en la obra las situaciones melodramáticas, ni la pseudomoraleja, ni los personajes típicos de una gran parte del teatro español decadente: el hombre bonachón del que todo el mundo se burla, la beata solterona que al fin habla de que si ella se hubiera casado habría sabido aquilatar a su esposo, etcétera… etcétera… y más etcétera.

  Si el autor hubiera desistido de su lección de vida conyuga1 quizá habría aprovechado el tema en una forma satírica tal como se apunta -y sólo se apunta- en el primero y segundo actos; tema que en el tercero echa por la borda desperdiciando así el resorte de la anécdota en forma lamentable... pero hablar de este modo es caer en aquello de que “si mi tía tuviera ruedas...”, es increíble que a estas alturas del siglo XX en que problemas tan insólitos aquejan al mundo haya quien quiera seguir aferrándose a moldes tan arcaicos.

   Para acabar de dar la puntilla al público, que en última instancia es en quien recaen las consecuencias de una mala actuación, parece mentira que sea el mismo José Baviera que vimos en La carroza del santísimo puesta en el Teatro del Granero en 1959. La única que sale adelante con su papel es Alicia Quintos -pasable la niña Enriqueta Lara-y de lo demás, mejor no hablar.