con una angustia menos
patológica, tanto es así que en algunos casos, como en Picnic, dichos personajes pueden llegar a la solución de sus
problemas, si bien a través de pasos dolorosos, pero con decisión de esperanza
vital para el porvenir.
Inge se cuenta, como la mayoría de
los dramaturgos norteamericanos, dentro de la corriente realista que retrata de
la manera más precisa los rasgos característicos de una forma de vida de apariencia
estandarizada, pero de contenido eminentemente singularizado.
Curiosamente en Picnic encuentro, aunque con grandes diferencias sicológicas y sociales, la misma
reacción de la mujer aldeana de García Lorca, frente al hombre que aparece de pronto como un haz de luz para
dar color a las cosas.
La belleza de Madge tiene una
justificación sólo cuando es advertida por ese hombre,
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instintivo y salvaje, que llega a
arrancarla de su engañosa pasividad, de su aparente tranquilidad. Madge siente al fin que existe cuando despierta como mujer;
ya no es una crisálida que sueña con abrir las alas, sino un ser humano que
sufre, se desespera, pero que finalmente, siente el amor y sabe que sólo con la
entrega total puede cumplirse como mujer.
Ahí, junto a ella, ha visto transcurrir la desesperada y ahogada
vida de otra mujer que ha pasado por la vida sin tocarla, la solterona, la cual
en un esfuerzo supremo, al analizar la vida de los otros voltea los ojos hacia
sí misma y horrorizada de su vacío, decide, tarde, pero no tanto que no tenga
remedio, vivir también.
Los personajes de Inge, menos
egoístas que los de William, logran su felicidad porque no se complacen en
sentirse
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