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proceso
oppenheimer

 

por mara reyes

    Teatro del Granero. Autor, Heinar Kipphardt. Traducción, María Dolores de la Peña. Dirección, Xavier Rojas. Escenografía, Julio Prieto. Reparto: Carlos Monden, Daniel Villarán, Jorge Rado, Eduardo MacGregor, Jesús Colín, Eduardo Borja, Ángel Merino, Víctor Eberg, Jorge Ponce de León, Salvador Machado, José Luis Carol y Felipe Armas.

 

    Ante todo hay que felicitar a Xavier Rojas por la elección de esta obra del escritor alemán Heinar Kipphardt que enfrenta al espectador con una verdad trágica de nuestro siglo. Ojalá después, como parte del ciclo Oppenheimer, diera a conocer en México la obra de Alfred Fabre-Luce, en la que se encuadra el problema de  “la bomba”.

     El proceso a Oppenheimer -del que se ha dicho que fue como un proceso a la ciencia- es encarnado por Heinar Kipphardt como una protesta ante el poder de las grandes naciones que destruyen al hombre que se niega a destruir a “los hombres” echando mano de cualquier medio, para denigrarlo y para anular en él -el hombre de ciencia en este caso- su condición humana, ya que se le prohíbe pensar, sentir remordimientos -por un descubrimiento que en el terreno de la investigación era apasionante, y en el de la práctica, de nefastas consecuencias- se le prohíbe a este hombre el albedrío y también, por qué no decirlo, la decisión suprema de “no descubrir” lo que sabe puede ser la destrucción de la humanidad. El poder engaña a quienes le sirven, pero no perdona titubeos en la obediencia.

     Cuando sabemos que el creador de la bomba atómica, ha dicho que “la condición primera de la dignidad del hombre y sólo esta condición, es que todos nosotros nos amemos”, no podemos menos que percatarnos de que es sintomático el hecho de que la bomba atómica haya surgido -en idea y en realización (Einstein y Oppenheimer)- de dos hombres eminentemente pacifistas. Y digo sintomático, porque ello expresa que el cáncer de nuestra época ha afectado a todo el organismo, es decir, a los tejidos más vivos y sanos,

los que a pesar de su deseo de vida han sido contaminados por el cáncer belicista. La tragedia, en su sentido aristotélico, surge para Oppenheimer en el momento en que la maquinaria macartista lo enfrenta a su propio destino humano, pisotéandole sus principios, impidiéndole su libertad de pensamiento y obra, negándole toda posibilidad de tener vida privada, y condenándolo a la ignominia, después de haber aprovechado de sus facultades, como al bagazo que se deshecha después de habérsele extraído el jugo.

     La obra, respetuosa de los documentos del proceso, está espléndidamente escrita por el autor y fue llevada a la escena por Xavier Rojas con una propiedad digna de reconocimiento. Si antes Rojas echaba mano de grandes efectos, ahora me parece apreciar en él una madurez que se refleja en su sobriedad para seleccionar sus elementos. No trata de “epatar”, sino de profundizar en las situaciones

para proyectar toda la dinámica del dramatismo. ¡Bravo de nuevo a Xavier Rojas!

    Carlos Monden interpreta de manera excelente a Robert Oppenheimer. Es inútil entrar en detalles, pues todos sus gestos, sus reacciones, la intención de sus palabras describen una trayectoria nítida que va desde su centro emocional, hasta el centro emocional del espectador. El otro personaje en la balanza estructural de la obra, viene a ser el de Roger Robb, desempeñado por Jesús Colín, quien a pesar de sus esfuerzos se advierte que el papel le queda todavía un poco grande, no por falta de aptitudes, sino por ciertas deficiencias técnicas, como la indebida acentuación de las frases e inclusive de las palabras. Valgan a modo de ejemplo las siguientes. Dice:

"sea INcompatible"-en lugar de "incompaTIble".

"Admitir esta POsibilidad"

 

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