Teatro 29 de Diciembre. Autor,
Alfonso Paso. Adaptación y dirección, Jorge Landeta. Escenografía,
Julio Prieto. Reparto: José Baviera, Arturo Castro, Carmen Molina, Miguel
Manzano, Lupe Lara, Lupe Pallás, Isabel Soto la
Marina, Miguel Fernández, Sergio Salinas, Celia Manzano, Ricardo Muñoz, Marcela Daviland y Alicia Arriola.
Cada vez que veo una
obra de Alfonso Paso confirmo la semejanza en los temas, tratamientos, asuntos
y, llegando más al fondo, inclusive ideología del autor español, con nuestro
mexicano, Luis G. Basurto; hasta en el hecho de que ambos se han dejado
arrastrar tanto por su vocación de hombres de teatro, que han saltado de la
máquina de escribir, al tablado, como actores. Esto viene a cuento, porque
ahora que se ha presentado La corbata de Alfonso Paso, en una
adaptación -espléndida por cierto- al ambiente de México, me parecía estar
viendo una obra de Basurto.
El primer acto, escrito dentro
de las más puras reglas “del arte de hacer comedias” plantea la reacción de
tres familias de diferentes escalas sociales, frente a un problema similar: el
desliz de una hija con su novio y la urgente necesidad de casarlos.
Hasta aquí, la acción se
desenvuelve con soltura y no sólo eso, con finura en el retrato. Algunas
escenas, como las del encuentro de Antonio (clase media) con Miguel (seudo obrero) y la de Miguel
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diorama teatral
la corbata
por mara reyes |
con el novio de su hija, evidencian el dominio que el autor tiene del diálogo y su sentido de la sátira. Sin embargo, ya en esos momentos, se advierte un defecto fundamental en la selección de sus personajes: si Paso trató de retratar a la clase obrera (toda la estructura de la obra descansa en la relación y contraste entre la gran burguesía y el proletariado) ¿por qué toma para ejemplificar a esta última, precisamente a un hombre vago, que no le gusta trabajar y que es mantenido por su mujer y su hija? Por gracioso que resulte el personaje (Miguel) es precisamente éste el que descuadra la obra. Como personaje en sí, si lo situáramos dentro de otra problemática, sería un hallazgo: es en verdad un personaje de comedia, pero no de esta comedia.
Como decía, hasta el primer acto, las cosas van sobre ruedas, no así en el segundo. En él, Alfonso Paso, da paso a la claudicación. Lo que fue sátira en el primer acto, se vuelve melodrama. Todos los postulados de la clase media, que ha criticado acertadamente durante el primer acto, termina acatándolos y pontificando sobre sus excelencias. Critica a la gran burguesía, pero con argumentaciones que nada tienen que ver con su clase social; le critica su
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amoralidad, proclamando una moralidad también muy dudosa. En suma, recuerdo las palabras del talentoso crítico español, José Monleón, a propósito de alguna otra de las obras de este autor: “Paso, en su teatro de denuncia que lo es casi todo, sólo ataca a monstruos y deficientes mentales”.
Ahora bien, la representación tuvo virtudes y defectos, entre las primeras, se cuenta la adaptación que hizo de la obra Jorge Landeta, quien supo trasladar con admirable ingenio el caló español, al caló mexicano, y encontrar los equivalentes exactos de las situaciones planeadas, de los lugares citados, y de las alusiones. También la actuación de Arturo Castro (en el papel de Miguel) se cuenta entre las virtudes de la puesta en escena. Su comicidad equilibrada armoniza perfectamente con la sobriedad de José Baviera que es como el otro platillo de la balanza. Desgraciadamente, el eje de esa balanza está en manos de un actor que adolece de un defecto primordial: falta de sinceridad. Me refiero a Miguel Manzano, un actor tan atiborrado de trucos y tan confiado a ellos, que su interpretación
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