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el medio social que los determina,
se adelanta en su forma al naturalismo y realismo tan
posteriores.
Muy bien
escogida por Ludwik Margules la forma de representar
esta obra, fuera de tradicionalismos, lo que la acerca más a nuestra época. Margules dio al rey una dimensión más humana que real; a don Sancho Ortiz, la dimensión
del que se debe a su honor y no la del súbdito ciego; a Busto Tabera, la
fraternal
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más que la
de regidor y a Estrella, más la de cristalina pureza que la de enamorada. Y en estas dimensiones, ha acertado Margules, pues si la obra de Lope revela una estructura social de La España que brinca del Medievo al Renacimiento, el contenido más humanista que social, la coloca fuera del tiempo y el lugar, a pesar de lo
español de su contexto: el problema del
hombre que asume su deber en un mundo en el que el deber deviene antimoral, injusto e indigno. Esta contraposición que hace del honor un Mal y no un Bien, trastorna la conciencia humana. Y si en Jerónimo Bosco encontramos un mundo alucinado que fue el vislumbre, con siglos de adelanto del universo plástico de los surrealistas, en La Estrella de Sevilla vemos también, con siglos de adelanto, cómo Lope entrevió los
problemas existenciales que hoy, por distintos caminos, nos señalan Sartre o Dürrenmatt.
De manera esquemática, pero directa y sugerente, actores
y director, han sabido trascender la
advertencia de Lope y mostrarnos cómo, cuando la obediencia a una suprema jerarquía se convierte en un acto que ofende la propia dignidad, se establece el conflicto entre
la conciencia y el honor, conflicto
que en cada guerra la Humanidad
vive más dramáticamente.
Seria superficial hablar del aprovechamiento de las áreas, o de cómo Margules da diversos planos plásticos a las escenas, puesto que aunque esto constituye un logro, no es el esencial. La piedra de toque está en la escena en que don Sancho Ortiz de las Roelas,
toca los lindes de lo demencial; escena muy
bien vista por el director y por Sergio de Bustamante y que señala la cercanía del personaje con nuestro mundo actual en el que tal conflicto ha pasado de barranco, a ser abismo.
Destacadísima la actuación de Eduardo MacGregor que día a día evidencia una superación digna de encomio y que revela la probidad artística con que este actor
encara su profesión.
Conociendo otras alturas de Sergio
de Bustamante -como la que alcanzara en la interpretación de Tomás Becket
en Becket o el honor de Dios, de Anouilh-, me parece que,
en esta ocasión, salvo en la escena del monólogo donde duda en ejecutar la orden del rey, algo le pasó en las alas que le impidió volar tan alto. Hay vuelo, sí, pero da impresión
de que en momentos se deja llevar por el viento y en vez de volar, planea;
lo que le impide remontarse a esas alturas, frecuentadas por él en otras obras. ¿Será que el
director
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