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diorama teatral

la estrella

de

sevilla

 por mara reyes

     Convento de Tepotzotlán. Autor, Lope de Vega y Carpio. Dirección, Ludwik Margules. Diseños, Alejandro Luna. Coordinación, César Castro. Reparto: Eduardo MacGregor, Sergio de Bustamante, Emilia Carranza, Carlos Bracho, Lourdes Canale, Álvaro Carcaño, Miguel Ángel Sanromán, etcétera...  

     Teatro de México monta en Tepotzotlán  su séptimo espectáculo. La obra que se representa en esta ocasión -al aire libre en el bello patio del convento- es La estrella de Sevilla, de Lope de Vega.
    Esa obra se presta más que muchas otras de Lope para ser revivida con formas modernas de representación -como lo ha hecho el director Ludwik Margules- ya que se percibe por su contenido como una advertencia para el mundo moderno y por su forma, como precursora del género “pieza”. En ella, los personajes, de noble proceder y no de noble alcurnia, se enfrentan a un destino que los lleva a la infelicidad pero no a doblegar su conciencia.
    La obra me parece más que una tragedia -como ha sido calificada- una pieza, en la que se denuncia el quiebre de valores de una época. Sus personajes, cuya acrisolada honradez arredra al propio rey, tienen ese sentido del honor parangonable al sentido

del deber que encontraremos después en algunos de los personajes de Ibsen. Cuando don Sancho Ortíz de las Roelas reconoce que su único pecado ha sido tener honra en un mundo en el que “el verdadero honor consiste ya en no tenerlo”, se planta como acusador de una época, de un régimen en el que, quien debiera obrar mejor, que es el rey, obra como el más ruín. Don Sancho no es el personaje trágico que escoge su destrucción, sino que forzado, por mantener incólume su honor, obedece al mandato injusto y criminal del rey, a sabiendas de que con ello se labra su desdicha. Y lo que podría sucumbir con más facilidad, por ser lo más frágil, que es el amor entre él y doña Estrella, se salva, a pesar de todo, pues -aun reconociendo que su matrimonio no debe efectuarse- ni él, ni ella, reniegan de su amor y si se absuelven de la palabra empeñada y deciden no unirse, es con objeto de hacerse la vida menos intolerable. Esta especie de resignación dolorosa, que viene después de descubrir una verdad terrible y de afrontar las consecuencias para seguir viviendo, no es propia del héroe trágico, que se encamina hacia su propia destrucción, sino del protagonista de la pieza. Vemos pues, que en esta obra -variante de El Cid-, en la que Lope hace un estudio de caracteres revelando

 

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