cinco años
en la casa
del lago
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Con la puesta en escena de dos óperas de cámara, la Casa del Lago celebra cinco años más de vida, de 1961 a 1965. Etapa posterior a los años en que Juan José Arreola ocupó el cargo de director de ese centro cultural primero, a manos de Tomás Segovia (1961 y 1962) y después, a las de Juan Vicente Melo, que es el coordinador desde 1963 hasta la fecha, de todas las actividades de la Casa del Lago. Entre estos valores que han tenido
posibilidad de expresarse, dentro de
la escena, están José Luis
Ibáñez, Juan José Gurrola, Héctor Mendoza, José Estrada, Carlos Fernández,
Beatriz Sheridan, Sergio Jiménez,
Roberto Dumont,
Marta Verduzco, Carlos Jordán, Luz
del Amo, Enrique Rocha,
Mercedes Pascual, Claudia
Millán, Felio Eliel,
Claudio Obregón, Teresa Selma y
muchos otros que sería prolijo enumerar. Y si hablo antes de
los intérpretes que de los
autores (considerando a los
directores también como
intérpretes, y en general a los
intérpretes, también como
creadores), es porque sin ellos
el teatro -lo mismo que la
música-, es papel, es museo,
susceptible de análisis
crítico, pero no de goce estético. Para que un movimiento
teatral -o musical-, juegue un papel dentro de
su tiempo, tiene que realizarse
en “vivo”, no basta que los
dramaturgos escriban y los compositores compongan, es preciso que se hagan ver y oír las obras y es en el intérprete en quien recae, en primera instancia, la responsabilidad de su éxito o de su fracaso.
No son muchos los dramaturgos mexicanos de los que se ha ocupado la Casa
del
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Lago: De Juan Ruiz de Alarcón se leyó La culpa busca la pena y
el agravio la venganza; de Tomás
Segovia, se leyó Zamora
bajo los astros y de
Octavio Paz, La hija de Rapaccini. De
Alfonso Reyes se presentó su opereta Landrú; de Juan
García Ponce, su farsa Doce
y una, trece y... nada
más. Lo que indica que este movimiento ha partido más de los intérpretes que de los escritores, buscando más como se “hace” el teatro, que como se “escribe”. En
cambio a los poetas sí se les dio un lugar relevante. En los recitales de poesía, que fueron muy numerosos, figuraron la mayoría
de nuestros mejores poetas, desde Sor Juana,
hasta Sabines, pasando por Urbina, Díaz Mirón, Othón, López Velarde, González Martínez, Pellicer, Reyes, Paz, Gorostiza, Castellanos, Chumacero y muchos otros.
El teatro
universal fue generosamente difundido
en la Casa del Lago, primero en forma de lecturas: (1961 y 1962) Don Juan en el infierno, de Bernard Shaw; Bajo el bosque
blanco, de Dylan Thomas; se hizo también una lectura de Cartas seleccionadas
por Max Aub, con Ofelia Guillmain como intérprete, bajo la dirección de José Luis Ibáñez.
(Cartas que actualmente Adriana Roel representa bajo el nombre de Plutarco
66, en el Club de Periodistas). Después, (1963 a 1965), las funciones fueron llevadas a la
escena “integralmente”, o sea ya no en forma de lecturas, sino como teatro representado: Wozzeck de Georg Büchner (Director: Héctor Mendoza); La moza de cántaro, de Lope de Vega (Dir. José Luis Ibáñez); La cantante calva, de Ionesco (Dir. Juan José Gurrola); La buena mujer de Sezuan, de Bertolt Brecht (Dir. Héctor Mendoza); Leoncio y Lena, de G. Büchner (Dir. Carlos Fernández); Esperando a Godot, de Samuel Becket (Dir. José Estrada); Rómulo Magno, de Friedrich Dürrenmatt (Dir. José Estrada) y dentro del ciclo “Poetas de
nuestro tiempo”: Vendrá la muerte y tendrá tus
ojos, Trabajar
cansa, de Cesare Pavese (Dir. Héctor Ortiz); Asesinato
en la catedral, de T. S. Eliot (Dir. José Luis Ibáñez) y Diálogo entre el amor y un viejo, de Rodrigo Cota (Dir.
José Luis Ibáñez), además de dos
espectáculos
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