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gallinas. Lo que puede significar que ambos aman la vida sencilla del campo, en su implicación más obvia, pero también que a pesar de que quisieran dar luz a los hombres, no pueden zafarse de propiciar lo que rechazan: la irreflexión, la crianza de pueblos con instinto animal.

     Estos dos personajes representan la recuperación de los valores humanos, el orden que se ha restablecido dentro de ellos quiere proyectarse a los demás hombres, sin embargo ellos saben que no pueden luchar con las armas de la paz, el humanismo y la dignidad, mientras haya seres que no se respetan a sí mismos en tanto hombres, que busquen la dominación, la guerra y la heroicidad.

 

     La puesta en escena concilió este doble aspecto que Dürrenmatt da a su obra, de farsa grotesca y de tragedia, esa paradoja análoga en la forma y en el contenido, que el autor explica: “Podemos obtener lo trágico por medio de la comedia, producirlo como un momento espantoso, como un abismo que se abre. Parece importante la conclusión de que la comedia es la manifestación de la desesperación, pero esa conclusión no es imperiosa. El que ve lo insensato, lo desesperante de este mundo puede ciertamente, desesperar, pero esa desesperación no es una consecuencia de este mundo, sino una respuesta que da a este mundo y otra respuesta sería acaso su no desesperar, su determinación a resistir ese mundo en el que muchas veces vivimos como Gulliver entre los gigantes.”

      Ignacio Retes mantuvo latente durante todo momento la paradoja exacerbada y Augusto Benedico, ese actor cuyo

diorama

teatral

nombre se pronuncia siempre con respeto, da a su personaje la faz humana que indudablemente soñó Dürrenmatt al escribir su obra. No es la reproducción ficticia de un emperador del que la historia se acuerda y al que un dramaturgo dibuja a su manera, sino la creación de un ser humano que sacrifica un imperio en aras del Hombre.

 Sobresalen entre los actores: Virginia Gutiérrez, Héctor Andremar, Enrique Lizalde, Alfredo W. Barrón, José Carlos Ruiz, Luis Gimeno, Tomás Bárcenas, Álvaro Carcaño, Jorge Mateos. No satisface totalmente el trabajo de Patricia Morán, cuyos parlamentos suenan siempre a hueco. La falsedad que despiden sus palabras y gestos hacen imposible de aflorar cualquier destello emocional. En cuanto a Daniel Villarán, lo que desagrada es su entonación. Cada frase la dice “cantando” como si se tratara de una recitación y no de la interpretación de un personaje teatral que debe hablar como consecuencia de lo que piensa y no que piensa como consecuencia de lo que habla.

  Pero estas fallas no son nada en comparación con Manuel Aguiluz -afortunadamente en un papel breve en extremo-, a quien ni siquiera se le entiende lo que dice.

  Se comprende, si no se justifica, que en una obra donde intervienen numerosos actores algunos no estén al máximo de lo que se reclama de ellos. De todas maneras, el saldo es generoso, las objeciones se ven compensadas

por Benedico, Andremar y muchos otros actores.

     La escenografía que realizó Julio Prieto en esta ocasión es impecable, la atmósfera lograda, especialmente en el segundo acto (en el que las palabras suenan en medio del cacareo de las gallinas presentes en la escena), fue idónea.