gallinas.
Lo que puede significar que ambos aman la vida sencilla del campo, en su
implicación más obvia, pero también que a pesar de que quisieran dar luz a
los hombres, no pueden zafarse de propiciar lo que rechazan: la irreflexión, la
crianza de pueblos con instinto animal.
Estos dos personajes representan la
recuperación de los valores humanos, el orden que se ha restablecido dentro de
ellos quiere proyectarse a los demás hombres, sin embargo ellos saben que no
pueden luchar con las armas de la paz, el humanismo y la dignidad, mientras
haya seres que no se respetan a sí mismos en tanto hombres, que busquen la
dominación, la guerra y la heroicidad.
La puesta en escena concilió este doble
aspecto que Dürrenmatt da a su obra, de farsa
grotesca y de tragedia, esa paradoja análoga en la forma y en el contenido, que
el autor explica: “Podemos obtener lo trágico por medio de la comedia,
producirlo como un momento espantoso, como un abismo que se abre. Parece
importante la conclusión de que la comedia es la manifestación de la
desesperación, pero esa conclusión no es imperiosa. El que ve lo insensato, lo
desesperante de este mundo puede ciertamente, desesperar, pero esa
desesperación no es una consecuencia de este mundo, sino una respuesta que da a
este mundo y otra respuesta sería acaso su no desesperar, su determinación a
resistir ese mundo en el que muchas veces vivimos como Gulliver entre los gigantes.”
Ignacio Retes mantuvo latente durante todo
momento la paradoja exacerbada y Augusto Benedico,
ese actor cuyo
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