es aún más aterradora. La aceptación de tal proposición por la hija y el novio de ella (si no por el emperador) equivale a decir que en el mundo en que vivimos los valores han llegado a su quiebre total: ya que en la parte superior de la escala están colocados el dinero y la prostitución.
Los recursos de que Dürrenmatt echa mano no podrían calificarse de simbólicos, van
más allá del símbolo; tampoco de simplemente paradójicos: van más allá
de la paradoja,
rozan lo extravagante, lo descabellado, se sumergen en lo inverosímil para destacar lo contradictorio, lo absurdo
de nuestra aceptación de un mundo regido por tal desorden. Las gallinas llevan nombres de emperadores como una manera de materializar una idea: la de que el mundo está poblado por seres que se dejan manejar, sin oponer la resistencia de su propio razonamiento.
Dürrenmatt exhibe a la patria como un Saturno devorador
de sus hijos. Y al patriotismo como una aberración antihumana, ya que se le hace sinónimo de luchas, combates y muerte y sólo se
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enarbola su estandarte como justificación del hombre para matar al hombre. Al través de su personaje de Rómulo, Dürrenmatt exclama con toda su rebeldía: “La patria vale
menos que una sola vida humana”. Y si
Rómulo se queda hasta el final en su trono,
si no huye, si se ofrece voluntariamente
en sacrificio, no lo hace por el Imperio, sino por el Hombre.
En la obra, el autor enfrenta el pasado de la humanidad con
el futuro. No es otra cosa el encuentro de
Rómulo Emperador -al cual el pasado del Imperio le hace estremecerse de terror
por su cadena de dominación y muerte-, con Odoacro -jefe hérulo que teme por el futuro de su pueblo ávido de sangre, de héroes y de víctimas-, para llegar a concluir que a todos se
les ha olvidado el presente y que la vida no es sino una serie continua de presentes en los cuales nadie recapacita
por estar abrumados con las
tradiciones y las aspiraciones, con
lo que se “fue” y con lo que se
“será”. Nadie piensa en lo que se
“es”. En su
encuentro descubren que a ambos les gusta criar
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