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                  diorama teatral

a
uno de los personajes más erizados de dificultades, sale adelante con toda propiedad. Proyectó con justeza a esa Jeannette, inmoral sólo porque no había encontrado un motivo por el cual ser moral, que a pesar de su prostitución, al encontrar al hombre amado queda limpia de mancha y que todavía después de sentirse defraudada porque él no supo amarla con toda su potencia, es capaz de preferir la muerte a la degradación. Elda Peralta supo dotar a su personaje de toda la ternura, de toda la vitalidad salvaje y de toda la sinceridad que era indispensable. Su personaje -dibujado excelentemente por Anouilh con aquel parlamento en que ella explica a Frederic que debe hablar con el hombre que le daba dinero y al que visitaba todas las noches, porque “cada uno tiene que pagar su parte”, sabiendo
que en ello le va la vida: “Es como una operación, Frederic -le dice-. Y si no pierdo mucha sangre, si no quedo demasiado desfigurada, quizá haya una pequeña posibilidad de que viva. Pero después quiero que me ame como a Julia”-, su personaje -decía- va cobrando vida a medida que la obra transcurre, hasta que en el tercer acto, Elda Peralta ha dejado de llamarse Elda, para llamarse a los ojos del público: Jeannette.
    Excelente también es el trabajo de Carlos Bracho, en el papel de Frederic (o alegóricamente: Romeo), así como el de Susana Alexander. Los dos definen el perfil de sus respectivos personajes desde sus primeras frases. Sumamente difícil era para Bracho hacer lógica la atracción que Frederic siente por Jeannette, mujer que encarna todo lo contrario a lo que debiera reunir su mujer ideal, pero

 

 

 

 

 





 

esta dificultad fue superada por Bracho al proyectar su ambivalencia hacia Jeannette sin echar mano de recursos obvios.     Bien Tamara Garina y Manuel Zozaya, aunque la dicción de ambos es un tanto deficiente, pero esto es sólo peccata minuta.