Resaltar búsqueda

diorama

teatral

Sigue de la página cuatro

mesura, olvidándose que también el grito muere y que para que surja otro grito, éste debe también nacer y madurar. De este abusar del volumen en las voces viene a resultar que el grito deja de significar dolor y se convierte en algo monocorde, sin significación, y de tan reiterado, uniforme, casi desagradable.

 Por otra parte, la mayoría de las voces con que cuenta Darién en su actual grupo teatral, no están bien templadas y la ausencia de matiz las disminuye más aún en su calidad.

 Y todavía más, la forma del recitado, con sus acentos parejos y monótonos revela falta de imaginación auditiva. Ocasiones hay que, inclusive, los acentos de las palabras son indebidos, como ejemplo, se da énfasis a la primera sílaba de CAlamidadessiendo que el acento tónico de esta palabra lo lleva la penúltima de las sílabas, Y estos errores repetidos al unísono por todo el coro, colman de desaciertos la representación.

 Sacar emoción forzada, a base de elevar el volumen de la voz, podría ser un recurso en un momento dado, si no muy legítimo, al menos excusable, pero repetir el recurso a lo largo de toda una obra, es excesivo. El grito debe ser consecuencia de la emoción y no la emoción consecuencia del grito.

   Y no hablemos ya de ese final desafortunado que deja una sensación de cosa inacabada. Ese encuentro incierto entre Atosa y su hijo Jerjes, que no aparece en la obra de Esquilo, no produce otra cosa en el espectador, que desconcierto. En suma, que esta reposición de Jebert no supera a la primera vez que él montó dicha obra y muy posible es que ni siquiera la haya igualado.