diorama teatral |
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mesura, olvidándose que también el grito muere
y que para que surja otro grito, éste debe también
nacer y madurar. De este
abusar del volumen en las voces
viene a resultar que el grito deja de significar dolor y se convierte en algo
monocorde, sin significación, y de
tan reiterado, uniforme, casi
desagradable.
Por otra parte, la
mayoría de las voces con que
cuenta Darién en su actual grupo teatral, no están bien templadas y la ausencia de
matiz las disminuye más aún en su calidad.
Y todavía más, la
forma del recitado, con sus acentos parejos y monótonos revela falta de
imaginación auditiva. Ocasiones hay
que, inclusive, los acentos
de las palabras son
indebidos, como ejemplo, se da
énfasis a la primera sílaba de “CAlamidades” siendo que el acento tónico de esta palabra lo lleva la penúltima de las sílabas, Y estos
errores repetidos al unísono por
todo el coro, colman de desaciertos la representación.
Sacar emoción
forzada, a base de elevar el
volumen de la voz, podría ser un recurso en un momento dado, si no muy legítimo, al
menos excusable, pero repetir
el recurso a lo largo de toda
una obra, es excesivo. El
grito debe ser consecuencia de
la emoción y no la emoción consecuencia del grito.
Y no hablemos ya de ese final desafortunado
que deja una sensación de cosa inacabada. Ese encuentro incierto entre Atosa y su hijo Jerjes, que no aparece en la obra de Esquilo, no produce otra cosa en el espectador, que desconcierto. En suma, que esta reposición de Jebert no supera a la primera
vez que él montó dicha obra y muy posible es que ni siquiera la haya igualado.
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