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diorama

teatral

por mara reyes

Los  persas

 

Casa de la Paz. Autor, Esquilo. Dirección, de Jebert Darién. Vestuario, Guillermo Barclay. Reparto: Claudia Cortés, Héctor Bojórquez, Rafael Magallanes, Armando Lazcano, Alejandro Gutiérrez, etc.

 

  Después de la presentación cotidiana que la Casa de la Paz ofrece al público, del telón mural de Manuel Felguérez, con luces, música y poesía, todo combinado en forma excelente, con verdadero arte, fue escenificada una de las siete tragedias de Esquilo: Los persas, dirigida por Jebert Darién. Por cierto que algo que llama la atención del programa con que se anuncia la obra, que se le llaman “corifeos” a los integrantes del coro. Siendo que corifeo -que viene de la palabra koruphé que significa cabeza, era en la Grecia antigua, el que guiaba el coro. En cambio nombran en el programa como coreutas, a los que son en realidad los corifeos...

    Pero vayamos al punto que interesa, que es la representación misma.  Cuando Jebert Darién se aventuró por primera vez con esta difícil obra de Esquilo, hace  aproximadamente un año y medio, demostró que su interés predominante era el de conseguir un desbordamiento

plástico, algo así como una pintura mural en movimiento. Desfiles simétricos, movimientos de brazos, gestos a la vez rígidos y móviles. Dentro de este terreno, el resultado de la actual representación no añade nada a su primigenia concepción. Encontramos el mismo tipo de plástica, no hay nuevos colores, ni nuevas imágenes. Lo que quiere decir que la concepción que Jebert Darién tiene de la obra se mantiene dentro de los mismos linderos.

 Esto no es censurable de ninguna manera, puesto que el resultado es positivo.

 Lo deplorable en el caso de la actual reposición, es el elemento sonoro. Las voces de los intérpretes a fuerza de dar volumen, pierden la noción del matiz. El grito se confunde con la voz natural a tal extremo que deja de ser grito y por ende pierde su eficacia. Darién hace al grito sinónimo del dolor, pero se olvida que el dolor nace por dentro del individuo y que hay un largo camino entre ese nacer y la exposición sonora. El grito debe originarse en alguna parte (emocionalmente hablando) y en esta representación, los personajes gritan, saltándose la infancia del grito, la adolescencia, llegan a la madurez de él sin ningún tránsito y se eternizan en el grito sin

 

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