diorama
teatral |
un significado [sic].
Carlos Ancira, personificando al Hombre, eternamente atormentado por la búsqueda de “algo” y por muchas otras cosas; María Teresa Rivas en ese personaje que encarna lo mismo a la esposa que a la madre, dominantes, destructoras, inhibidoras y protectoramente inhumanas, y Héctor Suárez en el “policía” que obliga al hombre por todos los medios a su alcance, desde la simple insinuación hasta el latigazo o la humillación, a buscar a Mallot, erigiéndose lo
mismo en padre que en Dios, lo mismo en rival que en Hitler y que
termina por sucumbir frente a un verdugo que toma su propio puesto, dando a entender que las cosas no se
modifican, que simplemente cambian las figuras, cambian los hombres, los dioses o los nombres. También Enrique Reyes y Bernadette Landrú realizan sus respectivos trabajos en forma magistral.
Hay algo en la obra que recuerda un filme que acaba de
exhibirse: La mujer de arena, quizá su forma de captar el mundo actual tiene cierta semejanza. Todos los personajes son víctimas de un deber que los reduce a una condición más que infrahumana, animal: vivir para una casa
-en el filme-, vivir para masticar en la
obra de Ionesco.
Puede estarse de acuerdo
o no con las ideas de Ionesco y de Alexandro, pero quien trate de negarle valor a la obra y a la representación -en tanto que el teatro sólo se entiende
como forma viva- estará negando una realidad de nuestro tiempo.
La escenografía de Arnaldo Cohen es todo un mundo, deforme quizá como una gota de agua vista a
través de un microscopio, con sus dimensiones trastornadas. La conjunción de: obra, dirección, actuación y escenografía, pocas veces es tan completa, tan mágica. Cuando no falla uno de los elementos suele fallar otro; en cambio, en esta representación de Víctimas del deber, no sólo nada falló, sino que
todo llegó a la cima de su
realización, ¡para fortuna nuestra!
|