Resaltar búsqueda

diorama

teatral

     por mara reyes

Víctimas del deber. [Inserción manuscrita de la autora.] Teatro Jesús Urueta. Autor, Ionesco. Dirección, Alexandro. Escenografía, Arnaldo Cohen. Reparto: María Teresa Rivas Carlos Ancira, Héctor Suárez, Bernadette Landrú y Enrique Reyes.

 

    Lo que ha hecho Alexandro con la obra de Ionesco es más que dirigirla, más que comprenderla, más que interpretarla, es recrearla, completarla, llevarla a sus últimas consecuencias. Cada idea, cada situación ha sido desarrollada, elaborada por Alexandro con un refinamiento y una profundidad que rayan en la interpretación sicoanalítica. Investigar con detalle las significaciones de cada momento escénico rebasaría los límites del ensayo periodístico. El espectador no puede descubrir a la primera cada uno de los hilos de esa inmensa tela de araña que Alexandro ha tejido. Es como un retablo barroco, que cuando se mira por segunda vez se le descubren mil ornamentos que en la primera impresión pasaron inadvertidos, y que al verse por tercera vez aparecen otros mil detalles y así cada vez que se le mira, llegándose a la conclusión de que a medida que se contemple surgirán nuevos aspectos, nuevas figuras, en forma casi inagotable.

Lo más impresionante de la dirección de Alexandro, es que la representación va dirigida directamente al subconsciente -o inconsciente, como se prefiera llamar- del espectador, remueve sus más íntimos secretos conmociona antes de cualquier análisis, antes de cualquier razonamiento.

    Mucho podría decirse sobre la obra, mucho estudiarse, mucho investigarse, podrían escribirse muchas páginas sobre el posible significado de Mallot, ese ser que para unos puede descifrarse como la búsqueda de Dios, para otros de la Verdad, y que lo más probable es que tenga tantas significaciones como espectadores haya en la sala, representando todas las búsquedas que el hombre se impone a sí mismo o se ha impuesto a lo largo de su historia. Cada espectador tiene la libertad absoluta de completar a su antojo el símbolo dado por Ionesco completando de ese modo la creación del autor, del director, de los actores y del propio escenógrafo. Lo importante no es lo que pudiera escribirse sobre la obra,

sino la impresión vivida por cada espectador al presenciar la representación. Ese fluido vital que emana de la obra y que crea en el estado de ánimo un torbellino, es quizá la virtud más alta de la obra.

 Se ha calificado el teatro de Ionesco como  "teatro del absurdo" porque en él -globalmente hablando- figura lo insólito como elemento de realidad; pero, ¿qué realidad no es insólita?, ¿podría decirse que la forma en que Joyce hace hablar, pensar y conducirse a sus personajes es menos real que aquella en que se expresa nuestra mente durante un sueño?, ¿acaso por ser sueño no tiene una vigencia de realidad? Y si admitimos lo insólito en el sueño, ¿cómo no admitirlo en el teatro?; si admitimos lo insólito en lo cotidiano, ¿cómo no admitirlo en el arte? Si el arte no es sino reflejo de nuestra vida, lo mismo aparente, social, externa, que verdadera, individual, interna, ¿acaso un impulso inconsciente es menos verdadero que un condicionamiento consciente de la realidad circundante?

 Rechazar lo inconsciente por traumatizante, es obrar como un avestruz que esconde la cabeza para no ver el peligro que la amenaza, como si con ello el peligro desapareciera.

 Me parece interesante reproducir algunas palabras que ha dicho el propio Ionesco al hablar de su teatro:

  "La obra, considerada en su totalidad, es una imagen del universo Interior proyectada sobre el escenario de las oposiciones y las réplicas de un mundo síquico con los lineamientos de unas fuerzas abstractas, un dibujo pleno de interior dinámico. Pero este mundo individual lleva dentro de sí al universal. Cuando se logra liberar, develar este mundo interior, se forma según la imagen del universo exterior, del mismo modo que el microcosmos refleja el macrocosmos. Este teatro interior puede ser incluso más rico, más amplio,  más real y, en todo caso, más puro que el teatro épico, histórico, social o tendencioso que se encierra y estrecha con su propio mensaje. El teatro de la realidad, esto es, de la realidad exterior, tan sólo expresa cosas externas; lo privado no conoce universalidad alguna. Después de un tiempo determinado, o

 

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