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. Y ese recorrido lo realiza sin límite de espacio, sin límite de tiempo, saltando de uno a otro según va siendo necesario y no según se lo dictaba la cronología. Hay un hálito de Joyce en el tratamiento, pero sobre todo, un dominio absoluto de la ciencia dramática y más aún de la esencia dramática.

     Fuera de toda duda, se trata de la mejor obra de Arthur Miller, porque ante todo es como un holocausto a la sinceridad, en la que él como hombre, como individuo de una sociedad, como parte integrante de una Humanidad, ha desnudado su espíritu en un acto heroico por buscar la verdad.

 

     La dirección escénica realizada por Rafael López Miarnau es la consagración de él. Las escenas se sobreponen como en montaje de imágenes engarzadas con una hilación perfecta. Diálogos como aquel en el que Maggie acostada con un Quentin imaginario habla con él, mientras el Quentin físico habla con el oyente, que es decir consigo mismo, constituían un problema de muy difícil solución para que no resultaran una yuxtaposición, sino un ensamblaje de sensaciones, de ideas, y todas estas escenas fueron logradas por López Miarnau con verdadera maestría.

     La actuación de Augusto Benedico en el papel de Quentin será memorable en la historia

diorama

teatral

 

de nuestro teatro. Hay en ella ese toque sublime de lo que es arte verdadero. ¡Qué forma de ir conduciendo al espectador de uno a otro plano!

En cuanto a Emma Teresa Armendáriz, se nos muestra como una actriz consumada, dentro de un tipo de personaje en el que nunca se la había visto, dominando al máximo el matiz, la intención, haciendo en suma una auténtica creación de su personaje. Si a lo largo de su carrera artística había sorprendido por sus innumerables cualidades, en esta ocasión ha llegado, ya a un nivel de superación que hace que su Maggié sea la más sobresaliente de sus interpretaciones.

Excelentes Carlos Monden y María Rubio y en un papel de menor lucimiento Alicia Castro Leal. Es una verdadera pena que para el restó de los papeles se haya tenido que recurrir a actores y actrices que están muy por debajo del nivel de los primeros. Rebeca Iturbide, Carolina Barret, Félix González, Mario Sevilla, Manuel Arvide y la propia Carmelita González no están a la altura de las circunstancias.

En el programa se da el crédito a la escenografía

en abstracto a la Unidad Artística y Cultural del Bosque (quizá porque se siguieron los diseños de la puesta en escena norteamericana), de cualquier manera reclama un elogio ya que la realización de ella es magnífica.

 Se trata de un éxito más en la cuenta del grupo Teatro Club que tanto hace en favor del buen teatro en México.