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   Después de la caída. Teatro del Bosque. Autor, Arthur Miller. Traducción, Rafael López Miarnau. Coreografía, Susana Ingram. Reparto: Augusto Benedico, Emma Teresa Armendáriz, María Rubio, Carmelita González, Carlos Monden, Alicia Castro Leal, Mario Sevilla, Rebeca Iturbide, Carolina Barret, Manuel Arvide y Félix González.

 

    Hablar de la última obra de Arthur Miller en unas pocas palabras no es cosa fácil por el gran número de problemas humanos que aborda. El espectador que vaya al teatro por la morbosidad de conocer la vida del autor va por un sendero equivocado. Después de la caída no es el drama de un hombre, no es la culpa de un hombre, no es la acusación de un hombre, es la entraña de una sociedad, es la instigación para que la Humanidad se reconozca en su historia, para que admita sus culpas y fracasos, para que logre  comunicarse

 

diorama

teatral

      por mara reyes

entre ella, para que deje de justificar sus traiciones y engaños, su conducta sin verdad, su pretendida inocencia de todos los crímenes que ha cometido.

 Miller inicia su obra con aquello de que “a veces está uno dándole vueltas a algo durante meses y de repente, surge la necesidad de afrontarlo” y esta necesidad puede muy bien extenderse del plano individual hasta el plano social y decir ¿cuándo va la Humanidad a tratar de afrontar su historia?

 Cuando Miller se pregunta ¿por qué me lamento por las cosas que se desmoronan?

 

 

y concluye “¿estarían alguna vez enteras?”, es para que el hombre abra los ojos a la verdad por destructora que ésta sea. “¿Por qué ha de sentirse uno culpable por decir la verdad?” se pregunta Miller. “¿Cómo puede ser inocente ninguno que haya sobrevivido” a las cámaras de gases, a la bomba atómica? ¿Es que la humanidad entera no es la responsable de sus acciones? ¿Cómo vivir con esa culpa? Sólo conociendo los propios errores y perdonándolos, sólo aceptándose tal como uno es -como individuo y como género humano- sin disfrazar sus culpas, sus traiciones, sus engaños, sus crímenes, es como puede llegarse al final a encontrar la esperanza.

Miller trata en su obra todos los aspectos posibles de las relaciones humanas y de las actitudes que el hombre asume ante sí mismo. Analiza punto por punto cómo el hombre traiciona, engaña, ama, inculpa, defiende, defrauda. Ve al pasado como a algo que, eternamente vivo, nos sigue los talones; al futuro como “si fuera un jarrón que nunca hay que soltar de las manos”.

Y así no se puede tocar a nadie. No se puede alcanzar a los demás. Y al presente como el “ahora” que hay que salvar de la traición y la mentira, porque para él, la moral es “vivir con verdad”, aunque esa verdad sea dolorosa, cruel; sólo después de perdonarnos nuestros propios errores, sin pretender ser inocentes, podremos encontrar algo que ofrecer de bueno a los demás.

Técnicamente la obra de Miller es de incalculable valor. Hay en su forma de jugar con el tiempo algo parecido a lo que sería una sesión psicoanalítica. Sólo que la silla del psicoanalista está vacía, él no necesita, como tres de sus personajes femeninos, de la presencia del médico, Miller mismo es su propio terapeuta.

Las escenas traumáticas que un hombre ha vivido se repiten con un ritornello angustiante, aparecen siempre en simultaneidad con aquellas a las que están ligadas por asociación de ideas, como si el pensamiento se proyectara en formas concretas. Cuando exclama que no cree “que el dolor sea dolor a menos que mate”, surge la inevitable culpabilidad por verse vivo. Y afloran de su mente, concretándose, todos los dolores sentidos que nunca llegaron a matarle.

Cuando llega a la conclusión de que es “un error buscar la esperanza fuera de uno mismo” es porque ha recorrido todo el camino crítico de la revisión de la propia vida y de la de aquellos que le rodean, buscando fuera de él la esperanza sin poder

 

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