entre ella, para que deje de justificar sus traiciones y engaños, su conducta sin verdad, su pretendida
inocencia de todos los crímenes que ha cometido.
Miller inicia su obra con aquello de que “a veces está uno
dándole vueltas a algo durante meses y de repente, surge la necesidad de afrontarlo” y esta necesidad puede muy bien
extenderse del plano individual hasta el plano social y decir ¿cuándo va la Humanidad a tratar de afrontar su
historia?
Cuando Miller se pregunta ¿por qué me lamento
por las cosas que se desmoronan?
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y concluye “¿estarían alguna vez enteras?”, es para que el hombre abra los ojos a la verdad por destructora que ésta sea. “¿Por qué ha de sentirse uno culpable por decir la
verdad?” se pregunta Miller. “¿Cómo puede ser inocente ninguno que haya sobrevivido” a las cámaras de gases, a la
bomba atómica? ¿Es que la humanidad entera no es la responsable de sus acciones? ¿Cómo vivir con esa culpa? Sólo conociendo los
propios errores y perdonándolos, sólo aceptándose tal como uno es -como
individuo y como género humano- sin disfrazar sus culpas, sus traiciones, sus engaños, sus crímenes, es como puede llegarse al final a
encontrar la esperanza.
Miller trata en su obra todos los aspectos posibles de las relaciones humanas y de las
actitudes que el hombre asume ante sí mismo.
Analiza punto por punto cómo el
hombre traiciona, engaña, ama, inculpa, defiende, defrauda. Ve al pasado como a algo que, eternamente vivo, nos sigue los talones; al futuro como “si fuera un jarrón que nunca hay que soltar de las
manos”.
Y así no se puede tocar a nadie. No se puede alcanzar a los demás. Y al presente como
el “ahora” que hay que salvar de la traición y la mentira, porque para él, la moral es “vivir con verdad”,
aunque esa verdad sea dolorosa, cruel; sólo
después de perdonarnos nuestros propios
errores, sin pretender ser inocentes, podremos encontrar algo que ofrecer de bueno a los demás.
Técnicamente la obra de Miller es
de incalculable valor. Hay en su forma
de jugar con el tiempo algo parecido a lo que sería una sesión psicoanalítica. Sólo que la silla del psicoanalista
está vacía, él no necesita, como tres
de sus personajes femeninos, de la presencia del médico, Miller mismo es su
propio terapeuta.
Las escenas traumáticas que
un hombre ha vivido se repiten con un ritornello angustiante, aparecen siempre en simultaneidad
con aquellas a las que están ligadas
por asociación de ideas, como si el pensamiento se proyectara en formas
concretas. Cuando exclama que no cree “que el
dolor sea dolor a menos que mate”,
surge la inevitable culpabilidad por verse vivo. Y afloran de su mente,
concretándose, todos los dolores sentidos que nunca llegaron a matarle.
Cuando llega a la conclusión
de que es “un error buscar la esperanza
fuera de uno mismo” es porque ha recorrido todo el camino crítico de la revisión de la propia vida y de la de aquellos que le rodean,
buscando fuera de él la esperanza sin poder
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