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diorama

teatral

Sigue de la página cuatro

 

en ninguna parte, en ninguna clase social, en ningún grupo humano o animal. Un personaje que según las propias  palabras de O'Neill “pierde su vieja armonía con la naturaleza”. Trata de ubicarse y encuentra que no tiene lugar en el mundo. Afronta la dramática realidad de que él como muchas cosas del mundo no está donde debiera, como el acero, con el que se forjan candados, rejas, jaulas para el hombre, en lugar de implementos positivos para él. Se obliga al acero a estar fuera de su sitio, lo mismo que al hombre, a quien la sociedad empuja cada vez más hasta desplazarlo de la esfera humana, sólo que fuera de ella, el hombre tampoco puede encontrar acomodo. El primitivismo no es la salida del hombre, no puede renunciar a la civilización que ha creado.

La concepción de García Máynez de la obra de O'Neill es imaginativa, sugerente; evidencia una clara comprensión de lo que es el teatro expresionista. Sus escenas de conjunto, como las de los fogoneros, están cuajadas de aciertos; señaló a cada actor actitudes lógicas que nunca perdían su línea. El juego que mantuvo entre los actores y sus respectivos quehaceres escénicos tenían una secuencia perfectamente hilvanada, por ejemplo, no dejó nunca al azar el destino de cada una de las botellas que bebían los fogoneros. La escena de la caldera (con los

focos rojos que aumentaban su luminosidad en el momento en que los fogoneros arrojaban el carbón) fue un acierto de incalculable mérito. Otro, fue la forma en que resolvió la escena de la cárcel, así como la final -de la jaula del gorila en el zoológico-. Su juego de luces, secundado por Héctor Mondragón, puso en relieve su gran capacidad para aprovechar los elementos que tenía a mano, cosa indispensable para todo director de escena; baste como ejemplo, ese reflector lateral que lanzó sobre el muro verdadero del foro del teatro, en la escena de la Quinta Avenida.

 La traducción de García Máynez es eficaz, el vocabulario encaja con facilidad en la idiosincrasia de cada personaje. No hay nada estereotipado; todo aflora con naturalidad, inclusive las largas parrafadas que Yank deja escapar como desahogo y que podrían parecer un poco inverosímiles en un hombre de su escasa cultura. Es indudable que estos monólogos de Yank son el problema más difícil para el traductor, así como para el director. Y García Máynez supo resolver el problema desde ambos ángulos de manera irrefutable.

 Para el escenógrafo, Alejandro Luna Ledesma vaya un aplauso. Sería imposible hablar de cada uno de los jóvenes que actuaron en los diferentes papeles, dado su número, pero valga de encomio decir que cada uno dio lo mejor de sí mismo, según sus posibilidades y aptitudes.