diorama
teatral
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en ninguna parte, en
ninguna clase social, en ningún grupo humano o animal. Un personaje que según
las propias palabras de O'Neill “pierde su vieja armonía con la naturaleza”.
Trata de ubicarse y encuentra que no
tiene lugar en el mundo. Afronta la dramática
realidad de que él como muchas
cosas del mundo no está donde debiera, como el acero, con el que se forjan
candados, rejas, jaulas para el
hombre, en lugar de implementos positivos para él. Se obliga al acero a estar fuera de
su sitio, lo mismo que al hombre, a quien la sociedad empuja cada vez más hasta desplazarlo de la esfera
humana, sólo que fuera de ella, el hombre tampoco puede
encontrar acomodo. El primitivismo no es la salida del hombre, no puede renunciar a la civilización que ha creado.
La concepción de García Máynez de la obra de O'Neill es imaginativa, sugerente; evidencia una clara
comprensión de lo que es el teatro expresionista.
Sus escenas de conjunto, como las de los fogoneros, están cuajadas de aciertos;
señaló a cada actor actitudes lógicas
que nunca perdían su línea. El juego que mantuvo entre los actores y sus respectivos quehaceres escénicos
tenían una secuencia perfectamente
hilvanada, por ejemplo, no dejó nunca al azar el
destino de cada una de las
botellas que bebían los fogoneros. La escena de la caldera (con los
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focos rojos que aumentaban su luminosidad en el momento en que los fogoneros
arrojaban el carbón) fue un acierto de incalculable mérito. Otro,
fue la forma en que resolvió
la escena de la cárcel, así como la final -de la jaula
del gorila en el zoológico-. Su juego
de luces, secundado por Héctor Mondragón, puso
en relieve su gran capacidad
para aprovechar los elementos que tenía a mano, cosa indispensable para
todo director de escena; baste como
ejemplo, ese reflector lateral que lanzó sobre el muro
verdadero del foro del teatro, en la escena de la Quinta
Avenida.
La traducción de García
Máynez es eficaz, el vocabulario
encaja con facilidad en la idiosincrasia de cada personaje. No hay nada estereotipado; todo aflora con naturalidad, inclusive las largas parrafadas que Yank deja escapar como desahogo y que podrían parecer un poco inverosímiles en un hombre de su escasa cultura. Es indudable que estos monólogos de Yank son el problema más difícil para el
traductor, así como para el director. Y García Máynez supo resolver el problema desde ambos ángulos de manera
irrefutable.
Para el escenógrafo, Alejandro Luna Ledesma vaya un aplauso. Sería imposible hablar de cada uno de los jóvenes que actuaron en los diferentes papeles, dado su número, pero valga de encomio
decir que cada uno dio lo
mejor de sí mismo, según sus posibilidades y aptitudes.
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