con Casanova, de Federico S. Inclán; Columna social, de Celestino Gorostiza; Y todos terminaron
ladrando, de Luis G.
Basurto; Los cuervos están de luto, de Hugo Argüelles; y por último ésta de Juego peligroso, de Villaurrutia.
Como
es natural, a lo largo de
todo este llevar y traer de personajes que han cobrado vida, hay aciertos y
errores, cimas y simas, triunfos y fracasos,
¿cómo evitarlo? Pero el saldo es positivo, están señaladas las vetas diferentes de nuestro
cambiante y heterogéneo movimiento teatral;
indicados los rumbos y horizontes. Expuesto el muestrario, queda ahora en manos
de los autores abrir nuevos caminos,
desbrozar los trazados y pulir lo imperfecto.
Lo mismo podría decirse del trabajo propiamente escénico. Muchos
directores tomaron bajo su responsabilidad la tarea de dar corporeidad a lo literario:
Salvador Novo, Dimitrios Sarrás, Xavier Rojas, Wilberto Cantón, Luis G. Basurto, Fernando Wagner, Oscar Ledesma, Jorge Landeta, Anselm Perten,
Julio Bracho y Jebert Darién. Larga sería la enumeración de las actrices y actores que prestaron su
aliento a los personajes de todas esas obras; entre
ellas pueden mencionarse a Magda
Guzmán, Virginia Manzano, Carmen Molina, María Teresa Rivas, Judy Ponte, Pilar Souza, Jacqueline Andere, Isabela Corona, Kitty de Hoyos, Sonia Furió, Emperatriz Carvajal, Rosa Elena Durgel,
Angelines Fernández, Gloria María, Rosa
María Moreno, Alicia Montoya, Luz María Núñez, Lola Tinoco, Lorena Velázquez, Eva Calvo, Beatriz Aguirre y tantas otras. Y entre los actores: Raúl
Ramírez, Guillermo Zetina, Raúl Dantés,
Sergio Bustamante, José Gálvez, Fernando
Mendoza, Narciso Busquets, Héctor Gómez, Enrique Aguilar, Luis Bayardo, Francisco Jambrina, Mario García González, Carlos López
Moctezuma, Carlos Navarro, José Luis Jiménez y
muchos otros.
Es
necesario hacer notar que esta temporada arraigó en tal
forma en el público, que
casi llegó a sostenerse a base de la taquilla, lo que es insólito si se piensa que el teatro mexicano
siempre ha necesitado para su realización
escénica subsidios que cubran casi la totalidad de los gastos.
La
mayoría de los dramas
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representados fueron reposiciones de obras ya
probadas, pero también hubo otras que se dieron a conocer por primera vez en
esta temporada. Estas son: Cacería de un hombre, Nosotros somos Dios, La guerra de las
gordas, Una noche con Casanova y Y todos terminaron ladrando. El número
escaso de obras nuevas indica claramente que la tendencia que se siguió en esta temporada fue 1a de lograr la aceptación del público, la de abrir
las puertas del teatro comercial a los autores mexicanos, tratando de no desconcertar
al público con producciones quizá de gran mérito artístico, pero no probadas
anteriormente. Labor meritoria ésta de
fomentar un mercado para el autor mexicano
que no puede subsistir de su pluma. Una vez que el teatro mexicano se
entronice en el gran público, se podrá
ser audaz. Por lo pronto el primer paso está dado; esperemos que no esté lejano el
próximo y que esta temporada no sea una labor que quede sin continuación
y se pierda su huella. Nada más triste que
algo que puede ser fecundo se desperdicie y se vuelva estéril. Los frutos de la Temporada de Oro se verán en el
momento en que se presente la reciente
creación de los autores mexicanos, que deberá ser ya de una sólida
madurez artística.
En esta obra del malogrado Xavier Villaurrutia, Juegos peligrosos, el autor muestra
un conflicto conyugal provocado por un personaje pensado sobre el modelo de
Yago. Si la anécdota podría conseguir
el interés del público, el tratamiento
y la forma del diálogo hacen fracasar
el intento. La pieza se siente tan a la antigua que no parece haber sido escrita en 1949 (un
año antes de la muerte del autor) sino allá
por los veintes. Lenguaje que en
momentos busca el lirismo y que pierde toda espontaneidad por lo reiterativo, cada idea se repite
y se repite hasta el cansancio; cada hecho se
relata una y otra vez, de la misma manera, sin variación en la
intención, sin descubrimiento alguno. Personajes que quieren parecerse a otros (de D'Annunzio, Priestley o Lenormand)
pero que no llegan nunca a alcanzar su
consolidación.
Un esfuerzo sin
límite representa para el director dar
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