Los persas. Autor, Esquilo. Dirección, Jebert Darién. Reparto: María Crespo, Antonio Trabulse, Jebert Darién, Leonel Chávez, Bernardo Narváez, Juan
Allende, etc. ...
Ya pasaba
Esquilo de los cincuenta años cuando se estrenó la trilogía de la que formaba
parte Los persas; corría el año de
472 a. C., y en ella muestra su compasión por el enemigo vencido. Ya en esta
tragedia son cuatro los actores que encarnan a los personajes principales, aun
cuando nunca aparecen más de dos a la vez, y el coro predomina menos que en las
primeras tragedias del valiente soldado de Maratón y Salamina.
Este
desligar a los personajes principales del coro fue una de las valiosas reformas
que Esquilo aportó al teatro de su tiempo. Todo su canto, de principio a fin,
más que sujeto a las leyes de la dramática, lo está a las de la poesía épica,
no hay acción presente, sino una narración episódica de gran aliento lírico que
fluye del poeta como de un manantial.
El
acierto de Jebert Darién, como director fue ante todo
el de dar al coro una movilidad plástica de intención más estética que
histórica, como un basamento arquitectónico sobre el que se habría de sustentar
la dinámica de los personajes. También la forma de recitado del coro es
geométrica, con un ritmo siempre constante -pero no monocorde-, siempre rítmico
-y nunca uniforme-. Quizá en algún momento pudieron haber sido simétricos los desplazamientos, sin embargo la
simetría no desagrada, sino que por lo contrario da consistencia al juego escénico.
Sobresalen algunas voces vigorosas -aunque también
hay una que otra desgarbada-. La actuación de María Crespo y Antonio Trabulse son dignas de aplauso, incluso la de Jebert Darién -cuyo único inconveniente es el bajar el tono
de su voz en algunas ocasiones a un volumen menor que el audible-. En general
el coro y los coreutas -Leonel Chávez y Bernardo Narváez-, hacen un trabajo
sumamente correcto, del único que se puede decir que jamás entró en su
personaje y que por otra parte [tampoco] corresponde en apariencia
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física a la de aquél, es Juan Allende, quien no logra siquiera acercarse a
la medianía.
Teatro Popular de México
El
Instituto Nacional de Bellas Artes ha inaugurado la primera carpa de las cuatro
que funcionarán en la República para
beneficio cultural del pueblo. Dicha carpa mantendrá un repertorio, por lo
pronto, de obras de autores mexicanos. El director de la compañía del Teatro Popular
de México, es Luis G. Basurto.
El objeto
de la creación de estas carpas desmontables es el de poder llevar el teatro a
los rincones más apartados de la República. Están dotadas de un sistema de
micrófonos para que la voz de los actores pueda llegar a todo el público;
posee, además, un buen alumbrado y un amplio escenario. Tienen capacidad para
dos mil quinientos espectadores.
Hasta ahora se han estrenado: Clemencia, Los
Fernández de Peralvillo, Los cuervos
están de luto y Los desarraigados, que ya comentaré.
La voz de la tórtola. Teatro Rotonda. Autor,
John Van Druten. Traducción, Alejandro Verbitsky. Dirección, Dimitrio Sarrás. Reparto: Bárbara Gil, Miguel Córcega y Eugenia
Avendaño.
Cuando
John Van Druten escribió esta obra, tenia 42 años, y en ella muestra la madurez de su limpio
estilo literario, aunada a una gran comprensión hacia los seres humanos. Otras
obras que se deben a su pluma son: Soy
una cámara, La amada bruja, Recuerdo de mamá, El canto de las sirenas y Tengo
seis peniques.
La
comprensión de este autor por el ser humano alcanza no sólo a los seres limpios
de conciencia o de trayectoria intachable, sino a aquellos otros que caen en el
error. Cuando dice: “No creo que ninguna mujer perdida piensa eso de sí misma”,
o “... no creo que un loco sepa que lo es”, y otras frases semejantes, está
dando a entender que el ser humano actúa según las circunstancias de su vida y
que ellas justifican en cierta forma su
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