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existir y que va descubriendo junto con el amor, que la vida es un milagro y
por lo otra, la acción del personaje fingido que se ve en la necesidad de
interpretar y a través del cual, va encontrándose a sí misma. No son dos
personajes, pues, totalmente aislados uno del otro y esa interrelación entre
ambos es lo que da mayor dificultad a la interpretación; Magda Guzmán supera
todos esos obstáculos y realiza un brillante trabajo, mucho más convincente que
el de su última aparición en Anfitrión 38 de Jean Giraudoux.
Aun
cuando el personaje que interpreta Lorenzo de Rodas también es doble, sus dificultades
son menores. No hay complejidad psicológica en este personaje, quien representa
el instrumento a través del cual, el autor expone su antítesis. Él sostiene en
los dos primeros actos la idea de que el arte está por encima de la vida, que
es más importante el arte que el amor y menos admirable el canto de un ruiseñor
que la imitación que de él haga un ser humano. Así pues, el cambio que sufre al
enamorarse de Marta y variar su modo de pensar, da una afirmación a la postura
del autor. Lorenzo de Rodas, al interpretar a este personaje, tiene en sus
manos la responsabilidad del mensaje de la obra, que es menos difícil que tener
la de personificar a un ser “vivo”. Lo que no quiere decir que sea fácil, pero
no requiere un virtuosismo como el de aquel personaje que interpretó Lorenzo en ¿Conoce usted la Vía Láctea? y cuya
línea de desarrollo era psicológica.
De los
actores que encarnan los papeles secundarios, puede decirse que sobresalen Consuelo
Monteagudo, Guillermo A. Bianchi y Carmen Areu. Marta
Zamora realiza un papel demasiado incidental para poder juzgarla. Enrique del
Castillo, apenas con discreción.
La
dirección escénica de Ricardo Mondragón, es poco
imaginativa, no tiene agilidad. Los personajes dan la impresión de que son
estáticos y si hay una obra que se preste a poner en juego la fantasía del director,
es precisamente ésta. Todo el primer acto, con paredes que se abren, puertas
secretas, alarmas luminosas, magos, personajes que se transforman de sacerdotes
en cazadores a base de barbas postizas, pelucas y afeites, etc., y el segundo
acto, con personajes que son y no son, que llevan una doble personalidad, daban
pábulo a una mayor riqueza en las situaciones, que el director no aprovechó lo
suficiente.
David
Antón, en cambio, sí supo explotar todos esos ingredientes dados por el autor y
creó dos escenografías perfectamente adecuadas, funcionales y plásticas,
especialmente la segunda que hace que el espectador respire la atmósfera de ese
mundo de recogimiento de la abuela.
Nota roja. Teator Milán.
Autor, Wilberto Cantón. Dirección, Fernando Wagner. Escenografía,
David Antón. Reparto: Mariela Flores, Héctor Andremar,
Carlos López Moctezuma, Enrique Reyes, Antonio de Hud,
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Enrique Aguilar,
Enrique Becker, Farnesio de Bernal, etc.
La Unión
Nacional de Autores presenta en esta ocasión un reportaje dramático de Wilberto Cantón, quien por lo visto sigue teniendo gran
demanda y con razón, dada la calidad de sus escenografías [sic].
Para
aquellos autores que se devanan los sesos de la inspiración, tratando de
inventar temas para sus obras, parece decir el autor, no habría más que
aconsejarles que leyeran el periódico diariamente y cada día encontrarían
cuando menos diez buenas anécdotas dignas de ser dramatizadas en un escenario. Nota roja es una denuncia valiente de las maquinaciones de una clase social
privilegiada que gracias a su poder tiene la facultad de hacer y deshacer en
los destinos de los económicamente débiles quienes por hambre se ven en la
necesidad de ceder en su dignidad. El anhelo del autor de hacer de su obra una
lección positiva, lo hace caer en una postura un tanto ingenua, al redimir al
personaje de Rolo. En cambio es un acierto todo el desarrollo del personaje de
María que va pasando por actitudes aparentemente contradictorias pero muy bien
fundamentadas psicológicamente. Cada una de sus reacciones es una consecuencia
lógica de lo que la vida le va presentando y Wilberto Cantón encontró en Mariela Flores, actriz de nuevo cuño, una intérprete
excelente para su personaje. Hay en Mariela personalidad, fuerza dramática,
naturalidad, en suma, es toda una revelación.
Héctor Andremar, en su doble juego de narrador y de personaje,
logra una actuación brillante; la solidez de sus interpretaciones, hacen de él
uno de los actores más serios y sobresalientes de nuestros escenarios.
Carlos
López Moctezuma, como siempre, hace el villano de la obra, papel que sabe
representar con gran lucimiento desde hace muchos años. Sus apariciones son
breves pero él no necesita más para demostrar su calidad de actor.
Enrique
Reyes, Antonio de Hud, Enrique Becker y Farnesio de Bernal realizan sus respectivas
interpretaciones en forma excelente. A Enrique Aguilar no le favorece el papel,
estamos acostumbrados a verlo interpretar verdaderos personajes y en esta
ocasión sólo está representado un “tipo”, lo que no le da margen a lucirse.
De
principiante puede calificarse la interpretación de Sara Montes, a quien le
faltan recursos y le sobra falsedad. El resto de los actores: Rebeca San Román,
José Luis Pumar, Enrique Valdés y Pilar Viudes,
completan discretamente el reparto.
Fernando
Wagner dirigió la obra con agilidad y supo diferenciar con habilidad los
personajes poseedores de un carácter y una línea dramática, de los que
únicamente tipifican determinados vicios y actitudes humanas
Enfatizando
lo antes aseverado sobre la escenografía, quiero hacer notar que fue un gran
acierto de David Antón tanto el telón, como el panel que sirve de fondo a los
diferentes sitios en que se desarrolla la acción de la obra.
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