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   diorama teatral

Sigue de la página siete

 

 

existir y que va descubriendo junto con el amor, que la vida es un milagro y por lo otra, la acción del personaje fingido que se ve en la necesidad de interpretar y a través del cual, va encontrándose a sí misma. No son dos personajes, pues, totalmente aislados uno del otro y esa interrelación entre ambos es lo que da mayor dificultad a la interpretación; Magda Guzmán supera todos esos obstáculos y realiza un brillante trabajo, mucho más convincente que el de su última aparición en Anfitrión 38 de Jean Giraudoux.

      Aun cuando el personaje que interpreta Lorenzo de Rodas también es doble, sus dificultades son menores. No hay complejidad psicológica en este personaje, quien representa el instrumento a través del cual, el autor expone su antítesis. Él sostiene en los dos primeros actos la idea de que el arte está por encima de la vida, que es más importante el arte que el amor y menos admirable el canto de un ruiseñor que la imitación que de él haga un ser humano. Así pues, el cambio que sufre al enamorarse de Marta y variar su modo de pensar, da una afirmación a la postura del autor. Lorenzo de Rodas, al interpretar a este personaje, tiene en sus manos la responsabilidad del mensaje de la obra, que es menos difícil que tener la de personificar a un ser “vivo”. Lo que no quiere decir que sea fácil, pero no requiere un virtuosismo como el de aquel personaje que interpretó Lorenzo en ¿Conoce usted la Vía Láctea? y cuya línea de desarrollo era psicológica.

     De los actores que encarnan los papeles secundarios, puede decirse que sobresalen Consuelo Monteagudo, Guillermo A. Bianchi y Carmen Areu. Marta Zamora realiza un papel demasiado incidental para poder juzgarla. Enrique del Castillo, apenas con discreción.

     La dirección escénica de Ricardo Mondragón, es poco imaginativa, no tiene agilidad. Los personajes dan la impresión de que son estáticos y si hay una obra que se preste a poner en juego la fantasía del director, es precisamente ésta. Todo el primer acto, con paredes que se abren, puertas secretas, alarmas luminosas, magos, personajes que se transforman de sacerdotes en cazadores a base de barbas postizas, pelucas y afeites, etc., y el segundo acto, con personajes que son y no son, que llevan una doble personalidad, daban pábulo a una mayor riqueza en las situaciones, que el director no aprovechó lo suficiente.

      David Antón, en cambio, sí supo explotar todos esos ingredientes dados por el autor y creó dos escenografías perfectamente adecuadas, funcionales y plásticas, especialmente la segunda que hace que el espectador respire la atmósfera de ese mundo de recogimiento de la abuela.

 

     Nota roja. Teator Milán. Autor, Wilberto Cantón. Dirección, Fernando Wagner. Escenografía, David Antón. Reparto: Mariela Flores, Héctor Andremar, Carlos López Moctezuma, Enrique Reyes, Antonio de Hud,

 

Enrique Aguilar, Enrique Becker, Farnesio de Bernal, etc.

     La Unión Nacional de Autores presenta en esta ocasión un reportaje dramático de Wilberto Cantón, quien por lo visto sigue teniendo gran demanda y con razón, dada la calidad de sus escenografías [sic].

     Para aquellos autores que se devanan los sesos de la inspiración, tratando de inventar temas para sus obras, parece decir el autor, no habría más que aconsejarles que leyeran el periódico diariamente y cada día encontrarían cuando menos diez buenas anécdotas dignas de ser dramatizadas en un escenario. Nota roja es una denuncia valiente de las maquinaciones de una clase social privilegiada que gracias a su poder tiene la facultad de hacer y deshacer en los destinos de los económicamente débiles quienes por hambre se ven en la necesidad de ceder en su dignidad. El anhelo del autor de hacer de su obra una lección positiva, lo hace caer en una postura un tanto ingenua, al redimir al personaje de Rolo. En cambio es un acierto todo el desarrollo del personaje de María que va pasando por actitudes aparentemente contradictorias pero muy bien fundamentadas psicológicamente. Cada una de sus reacciones es una consecuencia lógica de lo que la vida le va presentando y Wilberto Cantón encontró en Mariela Flores, actriz de nuevo cuño, una intérprete excelente para su personaje. Hay en Mariela personalidad, fuerza dramática, naturalidad, en suma, es toda una revelación.

     Héctor Andremar, en su doble juego de narrador y de personaje, logra una actuación brillante; la solidez de sus interpretaciones, hacen de él uno de los actores más serios y sobresalientes de nuestros escenarios.

      Carlos López Moctezuma, como siempre, hace el villano de la obra, papel que sabe representar con gran lucimiento desde hace muchos años. Sus apariciones son breves pero él no necesita más para demostrar su calidad de actor.

      Enrique Reyes, Antonio de Hud, Enrique Becker y Farnesio de Bernal realizan sus respectivas interpretaciones en forma excelente. A Enrique Aguilar no le favorece el papel, estamos acostumbrados a verlo interpretar verdaderos personajes y en esta ocasión sólo está representado un “tipo”, lo que no le da margen a lucirse.

     De principiante puede calificarse la interpretación de Sara Montes, a quien le faltan recursos y le sobra falsedad. El resto de los actores: Rebeca San Román, José Luis Pumar, Enrique Valdés y Pilar Viudes, completan discretamente el reparto.

      Fernando Wagner dirigió la obra con agilidad y supo diferenciar con habilidad los personajes poseedores de un carácter y una línea dramática, de los que únicamente tipifican determinados vicios y actitudes humanas

     Enfatizando lo antes aseverado sobre la escenografía, quiero hacer notar que fue un gran acierto de David Antón tanto el telón, como el panel que sirve de fondo a los diferentes sitios en que se desarrolla la acción de la obra.