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problemas humanos y por la forma en que maneja los diálogos y las situaciones sicológicas. No es un teatro realista, tampoco simbolista, es una protesta que se sirve de personajes reales a través de los cuales se adivina un mundo. Cuando presenta un vicio, no es sólo el vicio el que recibe su ataque, sino todo lo que yace en el substrato de ese vicio: formas de educación, formas de convivencia, formas de adaptación -o inadaptación-, al medio, formas de relación filial, conyugal o erótica, etc...

     Para la representación se sirve Alexandro, como en anteriores obras, de todos los elementos teatrales para crear su atmósfera, exprimiendo sus posibilidades al máximo. Son los personajes mudos los que hacen el ambiente, los que dan la tónica. Entre estos seres que pululan por el mundo, se mueven los agonistas, hablando en nombre de todos, como corifeos, bebiendo en nombre de ellos, riendo y muriendo también en su nombre.

     Domina Alexandro la escena y a ese aliado que tiene en la mímica al cual ha sabido recuperarlo para el teatro. Además es imaginativo y la imaginación empleada con conocimiento se vuelve un factor insustituible para la escena.

     La forma en que los escenógrafos, Manuel Felguérez y Fernando García Ponce resolvieron la escenografía a base de reproducciones de cuadros famosos de Picasso, Braque, etc... no pudo ser mejor.

      Las actuaciones de Leonor Llausás y de Guillermo Orea, son insuperables. Escenas como aquella en que ambos se conocen, cuando ella aún disimula al beber el ron en una taza de té, o como aquella en que los dos gritan a los vecinos su verdad mientras el hijo de ella permanece encerrado dentro del ropero, y muchas otras, como las del mercado, son verdaderas cátedras de actuación. Pablo Leder, tiene momentos brillantes, a pesar de que su pronunciación, aún deja que desear, pero sabe proyectar lo que se propone.