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propósito es el enriquecimiento
personal.
En esta farsa, Inclán pone todo su ingenio para desenmascarar
los vicios que se escudan tras de las supuestas necesidades políticas, los tan
traídos y llevados enredos entre el clero y la milicia y todo esto jugueteando
alrededor de un personaje brillante como lo fue la seductora, inteligente,
astuta Güera Rodríguez, a quien Kitty de Hoyos
interpreta bien, con gracia, a pesar de no corresponder físicamente al tipo que
requería el personaje.
La fina comicidad de esta farsa
fue hábilmente aprendida por el joven director Óscar Ledesma, quien sabe dar
vida a cada personaje y ante todo logra algo muy difícil para todo director,
hacer de sus actores un grupo homogéneo. Quizá el único personaje un tanto más
burdamente dirigido, haya sido el Santa Anna, interpretado -lo mismo que hace
siete años- por Reynaldo Rivera. Ledesma
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tiene porvenir como director, ya se
vio desde El anzuelo de Fenisa y si peca de algo, ello es sólo de una tendencia
a mover a sus actores en forma demasiado dancística.
Uno de los trabajos más sobresalientes es el que realiza Carlos
Navarro, al interpretar al Príncipe con toda medida, guardando un equilibrio
extraordinario en ese papel tan fácil de hacer resbalar a un actor. Es
probablemente la mejor interpretación de su carrera hasta ahora.
Siendo muy numeroso el reparto es imposible referirse a cada
uno de los actores, especialmente cuando todos desempeñan limpiamente su
trabajo. Lo que en ningún momento se aprecia adecuada, es la escenografía; esas
columnas que dividen la escena y los colores empleados no funcionan como
elemento decorativo ni ambiental. En resumen, es un buen espectáculo.
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