En Íntimas enemigas,
le ocurrió a Basurto lo peor que puede ocurrirle a un autor dramático: la
anécdota no tiene motivaciones, es como una colección de frases, de lugares
comunes, de ambigüedades, sin ninguna razón que las justifique, sin un lazo que
las una, sin un conflicto que las oponga y las resuelva como parte de una
unidad dramática. Son diálogos desarticulados que a veces buscan un efecto y
otras son una transacción, cuando no caen en el total absurdo.
Es lamentable que Basurto, hombre de teatro desde hace más de veinte
años (estrenó Los diálogos de Suzette en 1940) se deje llevar por la línea de menor
resistencia, escribiendo un teatro fácil, con ingredientes siempre iguales que
utiliza como si fueran recetas de cocina, en lugar de buscar la expresión
sincera y leal que todo dramaturgo debe pretender si de verdad lo que busca es
hacer arte y no comercio.
Ahora es preciso deslindar al Basurto autor, del Basurto
director. El segundo supo crear una atmósfera corrigiendo lo que el primero
creó artificial. La elegancia del vestuario es uno de sus mayores aciertos. El
Basurto director extrajo de la obra las pocas posibilidades teatrales
aprovechándolas al máximo, dejando adivinar su ojo de conocedor teatral, ese
mismo ojo que un día lo llevó, como empresario, a seleccionar una obra de la categoría y
calidad de Experimento sagrado, para
montarla en escena. Siendo como es Íntimas
enemigas, una obra discursiva al máximo, como director, Basurto, logró
restarle monotonía, dando agilidad a los diálogos, y cuidando que en las áreas
del escenario no hubiera desequilibrio, lo mismo que procuró que los personajes
no permanecieran como estatuas parlantes -cosa a la que la obra se presta-
aminoró lo estático de las situaciones y dio realce a las escenas que en algo
se prestaban a la teatralidad.
En lo que a los actores se refiere, el equipo es magnífico, son
actrices y actores de grandes cualidades, puestas
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al servicio de una obra sin
mérito cuyos personajes, por ser demasiado falsos, ponen a los actores en
predicamentos la mayor parte de las veces insalvables.
La escenografía de David Antón, es realmente digna de mejor
causa. Hay en ella un algo de poesía, un refinamiento que ameritaban estar al
servicio de una obra que correspondiera a estas cualidades.
Hoy invita la Güera. Teatro
Fábregas. Autor, Federico S. Inclán. Dirección, Óscar Ledesma. Escenografía,
Antonio López Mancera. Reparto: Carlos Navarro, Kitty de Hoyos, Fernando Mendoza, Guillermo Herrera, Roberto Cobo.
Continúa la Temporada de Oro del Teatro Mexicano, con Hoy invita la Güera, obra en la que
Inclán hace alarde de libertad histórica, confesando que “Esta güera de la
guerra de los pasteles, no es la güera Rodríguez. Es otra. Esta es
primordialmente teatral y esencialmente extrahistórica”.
El trazo de los personajes y el tratamiento que hace de la
anécdota le dan todo el carácter de una farsa y no el de comedia, como le
nombra su autor.
Esta obra, fue premiada en 1955 por la Agrupación de Críticos
de Teatro de México, cuando fue estrenada bajo la dirección de Jebert Darién, con Lola Bravo en el papel de la Güera. No obstante los años que
han pasado, se advierte en esta farsa la misma frescura que si hubiera sido
escrita ayer apenas. Esto sin contar con la agilidad de su diálogo, que si en
algunos momentos peca de localista, por otra parte no hace sino reflejar las
circunstancias históricas de una América Latina que muy frecuentemente cae en
manos de ese tipo de gobernantes que tras de un golpe de Estado se convierten
en dictadores de opereta, que no por ser de opereta dejan de dañar a su país, y
cuyo único
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