Resaltar búsqueda

   Nosotros somos Dios. Teatro Milán. Autor, Wilberto Cantón. Dirección, Jebert Darién. Escenografía, David Antón. Reparto: Luis Bayardo, Enrique Aguilar, Francisco Jambrina, Elda Peralta, Virginia Manzano, etc...

 

     Con perseverancia, aunque no es autor demasiado fecundo, Wilberto Cantón, escribe para el teatro desde 1948, año en el que se dio a conocer con su pieza: Cuando zarpe el barco. Cuenta ya en su haber con una prohibición de la censura a su obra: Malditos, lo que en estos tiempos puede bien mirarse como un galardón. Con Nosotros somos Dios, puede decirse que supera su última producción: Tan cerca del cielo, aunque vuelve a caer en algunos de los errores en que incurrió en dicha obra, como por ejemplo el tratar de aprovechar del público más su sensiblería que su sensibilidad; buscar con efectos melodramáticos el producir una emoción y otras veces hacerlo con frases demasiado sobadas. Es indudable que Cantón puso en su pieza una intención social que procura fortalecer el carácter: revolucionario de los gobiernos actuales; habla en favor de la rebeldía de la juventud y apoya la tesis del anticonformismo: “Para remediar los males de este mundo, nosotros somos Dios”, -dice uno de sus personajes- (por cierto que Cantón ha confesado que esta frase deriva de otra similar de Antonio Ros en El ciego de Asís y que es de la que entresacó el título de la obra). Trata de hacer de sus personajes seres humanos, capaces de contradicciones, de apasionamientos, de bajezas que cometen casi simultáneamente con actos nobles; esto se hace notorio fundamentalmente en el personaje central: Don Justo, al que a pesar de hacer aparecer como un hombre capaz de los más horribles crímenes, lo hace reivindicarse con su muerte. Si se juzgara la obra históricamente cabría preguntar a Cantón, por qué hace aparecer al representante del huertismo como un héroe; pero la obra estética tiene sus libertades y Cantón tiene el derecho de sustentar la tesis que él desee.

      Jebert Darién, a pesar de los esfuerzos que hizo en su dirección escénica, ésta le resultó

diorama

    teatral

 

por mara reyes

 

pobre y sobre todo desequilibrada; los personajes masculinos tienen vigor, agilidad en sus diálogos, los femeninos en cambio están planos, sin fuerza dramática ninguna. Por más esfuerzos que hacen Luis Bayardo y Enrique Aguilar -quienes realizan dos muy buenos trabajos- por avivar la interrelación con el público y por guardar un ritmo correcto, éste es roto a cada momento por Virginia Manzano, cuyas intervenciones están totalmente faltas de tempo, estereotipada su forma de actuación, pues si a Jambrina puede criticársele el ser siempre Jambrina, al menos él entra en situación y da las réplicas en la forma lo más cercana posible al personaje, lo que ya es mucho, la Manzano en cambio se pierde en una especie de delectación personal que nada tiene que ver con la obra artística. Elda Peralta, hace una dama joven discreta aunque también escasa de vida, en parte por la dirección y en parte porque el personaje mismo no se presta a mucho lucimiento debido a su falta de continuidad: lo que en un principio es una joven rebelde, llena de fuerza, a través de la pieza, su personaje olvida sus primeros ideales y se acartona. Carlos Petrel y César Castro, en papeles de menor importancia, salen airosos.

     Adecuadísima es la escenografía de David Antón. Los elementos decorativos que utiliza, como esos preciosos grabados de la época, no podían estar mejor elegidos, lo mismo que el mobiliario.

 

Los incendiarios

 

Teatro Compositores. Autor, Max Frisch. Dirección, Fernando Wagner. Escenografía, Marcela Zorrilla. Reparto: Grupo Teatro Contemporáneo Independiente.

     De profesión arquitecto, además de dramaturgo, Max

Frisch -nacido en 1911- es con Friedrich Dürrenmatt, uno de los máximos exponentes de la dramaturgia en lengua alemana, (aun cuando ambos escritores son de origen suizo) ambos pertenecen a la generación de la segunda posguerra.

     En Biedermann y los incendiarios, se hace patente la profunda amargura que produjo en Frisch la Segunda Guerra Mundial, y la anécdota parabólica muestra la decepción que de los conceptos religiosos ha recibido este escritor. Su protesta ante la actitud irresponsable con que los hombres y los pueblos acatan la guerra no puede ser más evidente. Porque para Frisch el destino no es el que destruye al hombre, no adopta en ningún momento la postura de los griegos que presentan al hombre como un ser impotente para luchar contra su destino; por lo contrario, para él el único responsable de las catástrofes bélicas y de su negro destino, es el hombre mismo.

     No descuida la crítica social; para él el típico  burgués es un ser cobarde y culpable, es “muy difícil saber mostrarse duro en los negocios y al mismo tiempo conservar un alma buena para el resto del día” -dice Frisch del burgués- lo muestra hipócrita, desconfiado y a la vez impotente, incapaz de resistirse a los acontecimientos, es un ser débil. También al intelectual que sólo hace discursos en medio de la batalla, cuando nadie puede escucharlo, lo critica y lo pinta como “capaz de llegar al borde de la traición”, sin siquiera la capacidad de experimentar alegría.

    Clama Frisch por una justicia que en su opinión no existe, ya que se ve que la “gente fina, nunca llega al infierno”. Se desespera ante la indiferencia humana que después de una catástrofe producida por la propia necedad

 

Sigue en la página tres