pobre y sobre todo desequilibrada;
los personajes masculinos tienen vigor, agilidad en sus diálogos, los femeninos
en cambio están planos, sin fuerza dramática ninguna. Por más esfuerzos que
hacen Luis Bayardo y Enrique Aguilar -quienes
realizan dos muy buenos trabajos- por avivar la interrelación con el público y
por guardar un ritmo correcto, éste es roto a cada momento por Virginia
Manzano, cuyas intervenciones están totalmente faltas de tempo, estereotipada su forma de actuación, pues si a Jambrina puede criticársele el ser siempre Jambrina, al menos él entra en situación y da las réplicas
en la forma lo más cercana posible al personaje, lo que ya es mucho, la Manzano
en cambio se pierde en una especie de delectación personal que nada tiene que
ver con la obra artística. Elda Peralta, hace una dama joven discreta aunque
también escasa de vida, en parte por la dirección y en parte porque el
personaje mismo no se presta a mucho lucimiento debido a su falta de
continuidad: lo que en un principio es una joven rebelde, llena de fuerza, a
través de la pieza, su personaje olvida sus primeros ideales y se acartona.
Carlos Petrel y César Castro, en papeles de menor importancia, salen airosos.
Adecuadísima es la escenografía de David Antón. Los elementos
decorativos que utiliza, como esos preciosos grabados de la época, no podían
estar mejor elegidos, lo mismo que el mobiliario.
Los incendiarios
Teatro Compositores. Autor, Max Frisch. Dirección, Fernando Wagner. Escenografía, Marcela
Zorrilla. Reparto: Grupo Teatro Contemporáneo Independiente.
De profesión arquitecto, además de dramaturgo, Max
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Frisch -nacido en 1911- es con Friedrich Dürrenmatt, uno de los
máximos exponentes de la dramaturgia en lengua alemana, (aun cuando ambos
escritores son de origen suizo) ambos pertenecen a la generación de la segunda
posguerra.
En Biedermann y los incendiarios, se hace patente la
profunda amargura que produjo en Frisch la Segunda
Guerra Mundial, y la anécdota parabólica muestra la decepción que de los
conceptos religiosos ha recibido este escritor. Su protesta ante la actitud
irresponsable con que los hombres y los pueblos acatan la guerra no puede ser
más evidente. Porque para Frisch el destino no es el
que destruye al hombre, no adopta en ningún momento la postura de los griegos
que presentan al hombre como un ser impotente para luchar contra su destino; por
lo contrario, para él el único responsable de las catástrofes bélicas y de su
negro destino, es el hombre mismo.
No descuida la crítica social; para él el típico burgués es un ser cobarde y culpable, es “muy
difícil saber mostrarse duro en los negocios y al mismo tiempo conservar un
alma buena para el resto del día” -dice Frisch del
burgués- lo muestra hipócrita, desconfiado y a la vez impotente, incapaz de
resistirse a los acontecimientos, es un ser débil. También al intelectual que
sólo hace discursos en medio de la batalla, cuando nadie puede escucharlo, lo
critica y lo pinta como “capaz de llegar al borde de la traición”, sin siquiera
la capacidad de experimentar alegría.
Clama Frisch por una justicia que en su opinión no existe, ya que se ve que la “gente fina,
nunca llega al infierno”. Se desespera ante la indiferencia humana que después
de una catástrofe producida por la propia necedad
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