diorama
teatral |
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tanto que Mitaro y Namur, la incomprensión entre los hombres, la clásica teorización sobre los acontecimientos que llevan a disquisiciones filosóficas rebuscadas, a la búsqueda de métodos que no aplican y que en lugar de ayudar al hombre a encontrar aquello que quiere, lo entretienen en su camino y lo hacen perderse en laberintos sin salida. La última escena de estos tres personajes muestra cómo se hace la historia, cual es la incapacidad del hombre de comprender los hechos humanos, y cómo los distorsiona cuando estos hechos han pasado. Si analizamos esta obra de que el hombre va paralizando su capacidad de vivir, de soñar, de amar, y a pesar de matarla es capaz aún de seguir viviendo, no sólo de conformarse, sino de seguir buscando “algo”. Veremos que este sentido, a pesar de ser desgarrador, tiene un nuevo en forma alguna ninguno de los autores con los que se le ha querido comparar [sic]. |
En lo que se refiere a la puesta en escena, puede decirse que cada minuto escénico es una creación, tanto de Alexandro, como director, como del escenógrafo -Felguérez, quien hizo la escenografía más perfectamente adecuada que pueda imaginarse-, como de Lilia Carrillo, -cuyo vestuario acentuó el carácter de cada personaje y resaltó sus valores plásticos- como de cada uno de los actores entre los que también en esta ocasión se cuenta Alexandro-. Héctor Ortega y Beatriz Sheridan, realizan en forma conjunta una obra maestra. Es increíble la transformación que realiza Beatriz Sheridan de su exterior y de su interior -cada vez que hablamos de ella tenemos que repetirnos, pero es tan extraordinaria la forma que tiene de mudar, que no puede pasarse por alto-. La emoción que la Sheridan sostiene en el curso de la obra -ya no digamos en los dos cuadros en que permanece muda- estruja hasta lo indecible. No hay otro trabajo femenino en este año comparable al que ella realiza. Después de vista la obra, no concebimos a otro Fando que no sea Héctor Ortega, es como si la obra hubiera sido escrita para él. ¡Qué forma de inter[pretar]! ¡Qué manera de pasar de la euforia y de la ternura, a la crueldad y a la depresión! La escena de las flores a que antes
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aludimos en que va pasando primero hacia la ilusión y después hacia la crueldad para consigo mismo -y por ende con Lis- y la escena en que ella lo va instando a ponerle las esposas hasta desembocar en la rotura del tambor y en la muerte de Lis, la va llevando Ortega en un crescendo indescriptible. De Alexandro, como actor, sólo diremos que esta lo mismo que Farnesio de Bernal, magnífico. Hay una gran diferencia en su interpretación der curado [sic] Fin de partida y esta obra; entre otras cosas, la corrección de su acento. Un nuevo actor debuta como tal en esta obra: Álvaro Carcaño, que si bien ya habíamos visto en partes pequeñas y mínimas, éste es su primer trabajo como actor y está a la altura de las circunstancias, sin desmerecer del conjunto. Para terminar sólo haré referencia a las extraordinarias pantomimas de manos que realiza el grupo en la primera parte del programa y que son verdaderamente extraordinarias. ¡Habría que revalorar las palabras, pues lo adjetivos ya no expresan todo lo que uno quisiera! Es inenarrable el magnetismo que ejercen esas manos y todo el poder de expresión que adquieren. Pero esto es otra técnica y otra forma de expresión de la que habría, mucho que hablar.
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