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Por MARA REYES

Ema Teresa Armendariz, María Rubio, Augusto Benedico y Rafael Llamas, en El enemigo del pueblo. [Pie de foto.]

   La posadera. Sala Chopin. Autor: Carlo Goldoni. Traducción, Cipriano Rivas Cherif. Dirección: José Solé. Escenografía y vestuario: Antonio López Mancera. Reparto: Antonio Passy, Adriana Roel, Miguel Ángel Ferriz, etcétera.

Llevar a escena una obra de un autor que vivió prácticamente durante todo un siglo: Carlo Goldoni -1707-1793- tiene importancia no sólo por la calidad de sus obras, sino también por cuanto que revive una época, y sobre todo una época en la que el teatro -a través de Goldoni- luchaba en contra de la vaciedad ideológica, en contra de la artificialidad, frivolidad e incultura de una clase social. Era un teatro que difundía la filosofía de la Ilustración, es por eso que el aristócrata en la obra general de Goldoni y por ende en La posadera, aparece o como un vanidoso -Caballero de Rocatallada- o como un tramposo y fanfarrón -Marqués de Forlipópolis- o como un incapaz de obtener el amor de la mujer que le interesa, ni siquiera a fuerza de regalos -Conde del Albaflorida-.

Goldoni siempre pugnó por una comedia de caracteres, de tal suerte que suprimió de su teatro las máscaras -a más de la improvisación- de la Comedia dell'Arte, que si en sus primeros tiempos -siglo XVI- surgieron como una sátira contra la sociedad de la época, ya para el siglo XVIII estaban privadas de todo su contenido crítico y sólo representaban tipos sin fuerza vital. Es en relación a este punto por lo que la dirección de Solé no nos satisfizo del todo, pues la interpretación de los actores -especialmente la de Sergio Jurado- no concuerdan con la sencillez y realismo que Goldoni exigía para sus obras. Claro está que no se puede representar una obra hoy en igual forma que en el siglo XVIII, sería absurdo, pero al menos debe de mantener sus postulados básicos.

Por lo demás, José Solé tuvo aciertos muy meritorios en su dirección, como el logro del ambiente, la agilidad en la acción, un énfasis en la actitud ridiculizadora de las dos actrices que se fingen aristócratas y la conservación de un tono ligero muy apropiado a la comedia. Si bien la escenografía de López Mancera simplifica y con muy buen gusto el barroco de la época, el foro de la Sala Chopin resulto todavía pequeño para tan funcional resolución de los problemas escenográficos. Los actores se advertían apretujados.

De los intérpretes, quienes más nos convencieron fueron Antonio Passy, Enrique Reyes, Guillermo Aguilar, Claudia Millán y Mónica Serna. Adriana Roel, es posible que con más ensayos hubiera logrado una muy correcta actuación, porque sus facultades son innegables, pero tal como realizó su trabajo hizo notoria una torpeza increíble en su movimiento de brazos, tal parecía una mujer crucificada. Durante todo el tiempo camina, habla o corre con los brazos abiertos. Miguel Ángel Ferriz, en realidad no tenía nada qué hacer en esta obra, no está ni en tipo, ni en circunstancia, y Sergio Jurado, como ya dijimos: estereotipado

y con una comicidad demasiado burda.

En mi opinión, todavía falta tiempo para que la Compañía de Repertorio logre su primer éxito, pues la heterogeneidad con la que se inició en sus labores deberá convertirse en homogeneidad y esto no es fácil. No digo en lo absoluto que estén realizando un mal trabajo, por el contrario, es bastante loable, pero precisamente por tratarse de la compañía estable oficial, estamos obligados, como público, a exigir más a esta compañía que a ninguna otra.

Las fascinadoras. Teatro de los Insurgentes. Autores: Felipe Santander y Raúl Sáyago. Música de Raúl Sáyago. Dirección escénica: Xavier Rojas. Coreografía: Edmundo Mendoza. Dirección musical: Roberto Zainos. Escenografía: David Antón. Arreglos musicales: Cayetano Pérez. Reparto: Felipe Santander, Leopoldo Salazar, Roberto Reséndiz, Angélica María, Sonia Infante, Arcelia Larrañaga, etcétera

El que una obra de teatro lleve música, canto y baile, no quiere decir que se descuide la dinámica dramática de toda comedia. Felipe Santander y Raúl Sáyago, como autores cayeron en el error de dar preponderancia exagerada a los aspectos musicales olvidando totalmente la línea temática. La anécdota se siente dividida y perdida a cada momento; tan pronto el protagonista es el grupo estudiantil, como es el personaje de Carlos, cuyo conf1icto particular es muy poco apropiado para una comedia, prueba de ello es el final del primer acto -interminable- en donde el último cuadro está totalmente fuera de lugar; por lo demás, el tema general es bastante poco original.

Xavier Rojas, no obstante las deficiencias de la comedia, logra en este primer intento suyo dentro de la dirección del género musical, un éxito bastante aceptable, ya que elevó el nivel revisteril de la obra, dio movilidad a las escenas y carácter a los distintos personajes. Uno de sus pecados podríamos señalar que fue la selección del reparto, en cuanto que otorgó toda la importancia a la capacidad dancística de los actores, olvidando que en una comedia musical se precisan también buenas voces que apoyen especialmente las partes coreadas. Y aquí ninguno de los actores sabe cantar, lo que hace que en momentos se cuelgue el espectáculo.

Como es natural, entre los intérpretes resaltan los bailarines: Edmundo Mendoza -buen coreógrafo-, Enrique Mondragón y Alejandro Malpica (Los Yorsis) y de los netamente actores, Leopoldo Salazar y Arturo Cobo son realmente los únicos que tienen oportunidad de lucirse. Felipe Santander en su carácter de actor, prueba que la comedia musical no es su género, y de las mujeres: Arcelia Larrañaga se siete más actriz que las demás. Sonia Infante aún está muy verde y Angélica María -a quien vimos triunfar como actriz infantil hace algunos años- proyecta ternura.

Quien realmente se lleva los mayores logros, junto con Xavier Rojas, es David Antón, cuya escenografía es uno de los atractivos máximos de este espectáculo, que si bien tiene una magnífica producción, como comedia musical no es de ninguna manera de las mejores que se han puesto en México.

    El enemigo del pueblo. Teatro Orientación. Autor: Henrik Ibsen. Versión: Arthur Miller. Traducción: Jacobo Muchnik. Dirección: Rafael López Miarnau. Escenografía: Julio Prieto. Reparto: Augusto Benedico, Rafael Llamas, Emma Teresa Armendáriz, Jorge del Campo, Alfredo W. Barrón, Nicolás Rodríguez, María Rubio, Mario Orea, José Peña “Pepet, etcétera…

Aunque con retraso –por viaje, como se dice en los anuncios de traspaso- no pude escribir a tiempo sobre esta obra que merece una extensa mención, sin embargo, diré dos palabras, ya que es por ahora uno de los espectáculos  

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