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Diorama Teatral

Sigue de la página treinta y dos

 

  es un crimen contra naturaleza”.

La escenificación que de Edipo nos presenta Ignacio Retes desde luego no puede ser igual a las que se realizaban en el siglo de Pericles, puesto que en el teatro va entremezclada la expresión artística con las costumbres de la época. No podemos prescindir de nuestra concepción moderna, ni de los elementos costumbristas. Por ejemplo, nos parecería hoy muy extraño ver representar los papeles femeninos por hombres ataviados como mujeres. Cosa habitual en el teatro griego. Y corno este detalle hay otros muchos.

Quizá, porque nada o casi nada, se sabe de la música cantada de aquella época, y sólo por conjeturas puede imaginarse cómo era ésta, que Retes no se atrevió a hacer que su coro cantara y danzara a la manera de las representaciones originales, en cada stásima, o en el parodoi y en el éxodo, sino que prefirió un coro mudo y que sólo se expresa a través de su corifeo, diciendo éste, por tanto, las partes correspondientes a él y las correspondientes al coro. Y utilizando voces cantadas que partían de un coro oculto. También disminuyó el número de coreutas, de quince que eran originalmente, a cuatro.

Si hubiera Retes hecho evolucionar al coro en la forma que se hacía allá por el siglo

 

V  a. C., no le hubieran bastado cuatro elementos únicamente, pero volvemos al mismo problema: los únicos testimonios de aquellas danzas que efectuaba el coro sólo se encuentran en las pinturas de los vasos griegos, o en otras representaciones plásticas, pero mucho sería aventurar el tratar de reproducirlas.

Otra variante entre la escenificación antigua y la actual es sin duda la de que Edipo y Yocasta aparecen en esta última, sin máscara. Esta, como otras muchas formas en el arte de representar, se ha venido haciendo ya un convencionalismo, quizá para dejar a los protagonistas una mayor libertad en su expresión. Pero hay que observar también que la máscara en la época de los griegos, tenía una finalidad que ahora no es necesaria: la de proyectar el carácter de un personaje a treinta mil personas. (Si la máscara era rubia, eran personajes jóvenes, si era gris, eran ancianos, si roja, simbolizaba la ira o la perfidia, y así, hasta un total de veintiocho caracteres).

No puede pedirse, pues, que hoy se represente “exactamente igual” que hace veinticinco siglos, ya que ni el teatro es igual, ni las costumbres, ni la religión, ni el espíritu cívico, ni… etcétera… No obstante, Retes ha respetado absolutamente el texto dramático de Sófocles, sin recurrir ni a las traídas y llevadas “versiones”, ni ha “corregido” al autor con cortes en la obra, ni ha desvirtuado en ningún momento la intención de cada uno de los pasajes. Ha guardado un equilibrio magnífico entre la concepción moderna del teatro griego y el respeto a la obra, y le ha impreso a su dirección las mismas características que Sófocles reveló en sus tragedias: pasión e inteligencia.

Desde luego hay ciertos detalles, insignificantes, como el maquillaje de Yocasta, que se ve más joven que su hijo, o ciertos movimientos que no son totalmente acordes al espíritu litúrgico que existía en aquellas representaciones, como son el que Edipo se siente en las gradas de la escalinata (no después de conocer su lamentable situación y tragedia en que la desesperación podía haberlo orillado a eso y a más, sino que ocurre en la primera parte de la tragedia), lo que le resta austeridad y grandeza a su personaje. Pero estos errores son en realidad peccata minuta.

No podemos extendernos a hablar de cada uno de los integrantes del espectáculo, pero bien podemos mencionar que la traducción de J. Alemany Bolufer es magnífica; que la escenografía de Julio Prieto es solemne y sobria, lo mismo que el vestuario; que la realización de las máscaras es uno de los mayores aciertos, lo mismo que la música de Blas Galindo, los coros y la dirección del ballet.

En cuanto al reparto, Ignacio López Tarso se impone una vez más como un actor de fuerza, especialmente en el clímax de la tragedia. María Teresa Rivas en momentos nos convenció y en momentos no; la sentimos dispareja, falta de emoción. El corifeo, José Carlos Ruiz, hizo una verdadera creación. Sobresalen: Aarón Hernán, Claudio Brook y Daniel Villagrán. En cambio Agustín Sauret y Mario Delmar no llegaron a proyectar toda la fuerza que sus papeles requerían.

El movimiento de manos de todos los actores se antoja un acierto de dirección.

En resumen, en una escenificación cada elemento es importante y cada intérprete, sea músico, actor, cantante, escenógrafo, etcétera, forma parte de un todo que en este caso resultó ser un magnífico espectáculo.