V a. C., no le
hubieran bastado cuatro elementos únicamente, pero volvemos al mismo
problema: los únicos testimonios de aquellas danzas que efectuaba el coro
sólo se encuentran en las pinturas de los vasos griegos, o en otras
representaciones plásticas, pero mucho sería aventurar el tratar de
reproducirlas.
Otra variante entre la
escenificación antigua y la actual es sin duda la de que Edipo y Yocasta
aparecen en esta última, sin máscara. Esta, como otras muchas formas en el
arte de representar, se ha venido haciendo ya un convencionalismo, quizá para
dejar a los protagonistas una mayor libertad en su expresión. Pero hay que
observar también que la máscara en la época de los griegos, tenía una
finalidad que ahora no es necesaria: la de proyectar el carácter de un
personaje a treinta mil personas. (Si la máscara era rubia, eran personajes
jóvenes, si era gris, eran ancianos, si roja, simbolizaba la ira o la
perfidia, y así, hasta un total de veintiocho caracteres).
No puede pedirse, pues,
que hoy se represente “exactamente igual” que hace veinticinco siglos, ya que
ni el teatro es igual, ni las costumbres, ni la religión, ni el espíritu
cívico, ni… etcétera… No obstante, Retes ha respetado absolutamente el texto
dramático de Sófocles, sin recurrir ni a las traídas y llevadas “versiones”,
ni ha “corregido” al autor con cortes en la obra, ni ha desvirtuado en ningún
momento la intención de cada uno de los pasajes. Ha guardado un equilibrio
magnífico entre la concepción moderna del teatro griego y el respeto a la
obra, y le ha impreso a su dirección las mismas características que Sófocles
reveló en sus tragedias: pasión e inteligencia.
Desde luego hay ciertos
detalles, insignificantes, como el maquillaje de Yocasta, que se ve más joven
que su hijo, o ciertos movimientos que no son totalmente acordes al espíritu
litúrgico que existía en aquellas representaciones, como son el que Edipo se
siente en las gradas de la escalinata (no después de conocer su lamentable
situación y tragedia en que la desesperación podía haberlo orillado a eso y a
más, sino que ocurre en la primera parte de la tragedia), lo que le resta
austeridad y grandeza a su personaje. Pero estos errores son en realidad peccata minuta.
No podemos extendernos a
hablar de cada uno de los integrantes del espectáculo, pero bien podemos
mencionar que la traducción de J. Alemany Bolufer es
magnífica; que la escenografía de Julio Prieto es solemne y sobria, lo mismo
que el vestuario; que la realización de las máscaras es uno de los mayores
aciertos, lo mismo que la música
de Blas Galindo, los coros y la dirección del ballet.
En cuanto al reparto,
Ignacio López Tarso se impone una vez más como un actor de fuerza,
especialmente en el clímax de la tragedia. María Teresa Rivas en momentos nos
convenció y en momentos no; la sentimos dispareja, falta de emoción. El
corifeo, José Carlos Ruiz, hizo una verdadera creación. Sobresalen: Aarón
Hernán, Claudio Brook y Daniel Villagrán. En cambio
Agustín Sauret y Mario Delmar no llegaron a proyectar toda la fuerza que sus papeles requerían.
El movimiento de manos de
todos los actores se antoja un acierto de dirección.
En resumen, en una
escenificación cada elemento es importante y cada intérprete, sea músico,
actor, cantante, escenógrafo, etcétera, forma parte de un todo que en este
caso resultó ser un magnífico espectáculo.
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