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Diorama Teatral
Sigue de la página dos

 

  de los prejuicios, de las tradiciones que envenenan al hombre desde su infancia, o como dice el estudiante “es siempre en la cocina donde los hijos de familia son heridos hasta el corazón”; todas estas representaciones plásticas y otras que no es posible enumerar, de la condición interior de los personajes, revelan en Alexandro un talento poco común.

Si nos pusiéramos a hablar del manejo de la iluminación veríamos que descubre todo un campo inexplorado; no hay más que recordar el tic-tac del reloj, sólo marcado por el golpeteo de los dedos y la luz intermitente. Otro gran acierto es suprimir toda la utilería innecesaria y hacer que aparezcan únicamente los objetos importantes, haciendo de este modo un énfasis en ellos.

Lo que sí resulta una vergüenza es que a Carlos Ancira, después de verle nuevamente un trabajo tan magistral y de altos vuelos como el que realiza en La sonata de los espectros no se le haya otorgado el año pasado

el premio al mejor actor del año, esperemos -ya que la esperanza es lo último que muere- que este año no se lo regateen los señores críticos.

La transfiguración que hemos visto operarse en Beatriz Sheridan, la joven de La lección de Ionesco, es verdaderamente increíble, no por la forma exterior -la caracterización física está al alcance de todo el mundo- sino por la interior, por la forma de actuación tan diferente. Ya de Beatriz Sheridan no puede hablarse como de una promesa o de una revelación, se trata del nacimiento de una actriz.

El espacio no nos permite hablar de cada uno de los actores, desgraciadamente, pues quisiéramos extendernos en consideraciones detalladas sobre Héctor Ortega por ejemplo, y sobre todos los demás actores, pero no nos es posible, sólo nos es dado decir que todos y cada uno de ellos han hecho un trabajo extraordinario. Este grupo es más que un equipo: es toda una escuela.

En cuanto a la música, no

podía haber encontrado Alexandro un mejor compositor. Raúl Cossío comprendió la obra y sus necesidades, lo que le permitió crear una música en todo acorde a ella.

Hemos reservado para el final la mención del excelente trabajo de Manuel Felguérez, como escenógrafo, y de Lilia Carrillo como diseñadora del vestuario. Sus recursos imaginativos cimentan la unidad del espectáculo, líneas y colores dan forma y sugerencia y refuerzan la acción.

Vaya un entusiasta aplauso a todos aquellos que hemos mencionado, así como a Álvaro Carcaño, Javier Cervantes, Farnesio de Bernal, Chabela Durán, Ricardo Fuentes, Jesús Guerrero, Pedro Kamel, Bernarda Landa, Berta Lomelí, Salvador Martínez, Ana María Montero, Carlos Ordóñez, Sara Pardo, Elda Peralta, Burdette Zea y Salvador Zea, además al electricista, traspunte y tramoyistas, sin cuya colaboración no nos hubiera sido permitido gozar de este magnífico espectáculo.

 

Al terminar este artículo hemos sabido que la Oficina de Espectáculos ha incurrido una vez más en la dictatorial medida de clausurar el teatro. Ha sido prohibida La sonata de los espectros (tal parece que ya comenzó a molestar el retrato). Y nos preguntamos: ¿Hasta cuándo se continuarán violando nuestras leyes? ¿Hasta cuándo la libertad de expresión que tanto se pregona seguirá siendo pisoteada? ¿Hasta cuándo continuaremos bajo una mano que se atreve a prohibir a Strindberg, a Anouilh, a Fernando de Rojas, sin el menor decoro ni responsabilidad? ¿Hasta cuándo seguirá confundiéndose el arte con una actividad de la liga de la decencia? ¿Hasta cuándo seguirá siendo restringida la libertad de conciencia? ¿Hasta cuándo?