Panorama Teatral en 1960

Por MARA REYES

 

  

Las manifestaciones artísticas de un año -en este caso las teatrales- siempre acusan una determinada línea, aun cuando no haya sido prevista organizadamente. La estadística siempre ayuda a sacar conclusiones. Así pues, veamos a ojo de pájaro qué fue lo sobresaliente de este año, para darnos una idea de cuál es la directriz que por ahora rige nuestro teatro.

Dentro del teatro profesional se marcan dos líneas: una la comercial, que procura el éxito económico por distintos caminos, y otra la de inquietudes culturales que lleva a empresarios de muy diversa índole a montar obras de calidad del repertorio mundial, aun cuando el resultado de tales representaciones no sea siempre digno de elogio.

Durante 1960 se barajaron en la escena mexicana nombres consagrados mundialmente, de entre los cuales Jean Anouilh fue el más repetido. Las obras que de este autor se montaron corrieron distintas suertes: Leocadia, patrocinada por el INBA y puesta con toda propiedad, incluso con lujo, fue un éxito no aquilatado por la crítica. Jezabel, dirigida por Aceves y brillantemente actuada por Berta Moss, dio origen a una protesta enérgica de todos aquellos que pugnan por la libertad, al ser prohibida por el Departamento de Espectáculos, hecho con el cual se puso en evidencia una vez más la ineptitud de este Departamento, ya demostrada con la prohibición de La celestina, de Fernando de Rojas. Tales violaciones a la libertad de expresión no deberían existir en un país que se dice democrático. La cita, obra del mismo autor, fue llevada a la escena por Lola Bravo, con un grupo de alumnos de la Escuela Teatral del INBA, en un brillante alarde de dirección. Y la que sí corrió con mala fortuna fue Eurídice, cuidadosamente falseada por Jebert Darién.

Ionesco, uno de los autores más discutidos, es quizá el que resultó más favorecido, puesto que las tres veces que se le llevó a escena la calidad artística de la representación estuvo a la altura de su autor.

Amadeo hizo descubrir en José Solé a un director de grandes cualidades. Con Las sillas y La lección, Alexandro Jodorowsky se situó, en este primer año de su estancia en México, en la primera fila de los directores de vanguardia. Es curioso señalar que en estas tres obras de Ionesco el actor seleccionado para la interpretación de los principales papeles masculinos haya sido Carlos Ancira, quien lo mismo en Amadeo, que en Las sillas y en La lección logró personificar de manera tan excelente los distintos personajes que se le

encomendaron, [que] se hace acreedor -lo mismo que por su actuación en Fin de partida- al premio que los críticos otorgan al mejor actor del año.

A propósito de esto debemos decir que a Samuel Beckett, autor de Fin de partida, no se le había llevado a escena desde que Novo lo dio a conocer con el montaje de Esperando a Godot, hasta la llegada de Alexandro a México, quien llevó a escena, además de dicha obra, dos pantomimas de este autor: Acto sin palabras y El aguijón. Hay que señalar que con Fin de partida hizo su aparición un nuevo actor, alumno aventajado de Alexandro en el arte de la mímica (introducida este año en México por este director): Héctor Ortega, del cual su debut constituyó una auténtica revelación afirmada después con sus actuaciones posteriores en El aguijón, en Las sillas, en ¿Crimen, suicidio? y en otras pantomimas que Alexandro llevó a escena.

Shakespeare también fue llevado a “las tablas”; la primera obra que se montó en el año fue Hamlet, para vergüenza de quienes lo hicieron, y la segunda Otelo, que salvo algunos errores salió bastante bien librada, aparte de otros dos montajes dentro del terreno experimental: el del propio Hamlet y Medida por medida, pero por ahora no queremos internarnos en esta otra fase de nuestro teatro.

En 1960 fue el aniversario del natalicio de Antón Chéjov, lo que originó la puesta en escena de La gaviota, dignamente realizada, con la que se dio a conocer un nuevo director de posibilidades: Rafael López. Y ya rasguñando el final del año: El tío Vania, del que se me ocurre hacer una pregunta extrainterpretación: ¿por qué será que en la marquesina del teatro se encontraba el nombre de casi todos los integrantes del espectáculo, ¡hasta el de Erna Marta Baumann!, y no el de Chéjov al cual se estaba rindiendo homenaje?

Del montaje de una obra de Sófocles: Electra, aún recordamos el resultado tan deplorable, en cambio quedarán en nuestra mente como ejemplos de teatro limpio, bien interpretado y digno: Un tigre a las puertas, de Jean Giraudoux y Terror y miserias del III Reich, de Bertolt Brecht.

Otros autores también recibieron un buen trato: Georges Bernanos, del que se llevaron a escena sus Diálogos de las carmelitas, en el Palacio de las Bellas Artes, y excelentemente por cierto. Peter Shaffer; cuyas Variaciones para cinco dedos fueron la pauta para el lucimiento de actores como Héctor Gómez, que ya merecía tener un papel de esa fuerza, y Susana Alexander. José

 

 

Luis Ibáñez demostró una vez más que es director por los cuatro costados. Herbert T. Cobey, con El viaje a la vida, en donde vimos de nuevo a María Douglas en su terreno, y las tres obras breves de Teatro Japonés puestas por un elenco responsable y serio, a pesar de ser elementos poco conocidos. El director de estas obras, Óscar Cossío, mereció poco tiempo después una felicitación por su montaje de Columbus 1916, además de haberse llevado el premio de grupo, en el VII Festival Dramático organizado por el INBA.

Dos compañías extranjeras tuvimos oportunidad de ver: el Teatro de Cámara Alemán, cuyo trabajo de equipo es increíble, dirigido por Reinhold K. Olszewski, y el Nuevo Teatro de Chile, dirigido por Víctor Jara, que trajo una obra de Alejandro Vieveking, valiosa muestra de teatro realista, humano, de enormes cualidades.

Entre las obras de teatro clásico español, como siempre, fue Álvaro Custodio el máximo intérprete de ellas, pues La dama boba, de Lope de Vega, que llevó a la escena el INBA, bajo la dirección de Clementina Otero de Barrios, no constituyó ningún éxito; en cambio El mágico prodigioso y el auto sacramental de La vida es sueño, ambos de Calderón, fueron sucesos memorables, especialmente La vida es sueño, en la que destacaron Aurora Molina y Sergio de Bustamante, quien se resarció de su fracaso en Hamlet.

 

Autores mexicanos

 

De los autores mexicanos que hicieron acto de presencia, Emilio Carballido y Fernando Sánchez Mayans se llevaron las palmas. El primero con El relojero de Córdoba, comedia valiente y magníficamente escrita -retirada del cartel a los pocos días de su estreno y no precisamente por casualidad- y Las estatuas de marfil. El segundo, quien como Sergio de Bustamante también había corrido una no muy brillante suerte en Hamlet, pues su "adaptación" fue muy criticable, logró un triunfo definitivo con su obra Las alas del pez, con la que recibió Sánchez Mayans el galardón otorgado por la Unión Nacional de Autores en el Festival de Teatro Mexicano, organizado en el mes de septiembre. Otros autores también se rehicieron de pasadas tristezas, como Luis G. Basurto con El escándalo de la verdad.

El mes de teatro mexicano nos dio la oportunidad de ver una gran cantidad de obras, muchas de ellas reposiciones, como Los desarraigados, Una ciudad para vivir, Contigo pan y cebolla, Nocturno a Rosario, por supuesto Cada quien su vida

 

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