Presentación de Pedro López Lagar con Los fracasados de Lenormand, y consagración de Carmen Montejo. I Armando de Maria y Campos |
Tengo el gusto de traer a ustedes una gran noticia y una buena noticia a la vez. Ha debutado en el escenario del Palacio de Bellas Artes -viernes 6 de febrero- un gran comediante y magnífico actor, Pedro López Lagar, que está en la plenitud de un arte acendrado y posee el dominio de un difícil oficio, el de representar. Pedro López Lagar se ha presentado haciendo el protagonista del drama Los fracasados de Henry Renato Lenormand (1882-1951), soberbia, estrujante pieza, una de las mejores del teatro contemporáneo. Gran noticia la primera, porque Talía sufre viudedad persistente de buenos actores, y López Lagar vuelve del cine, hijo pródigo, a su verdadero lar; buena noticia porque ya era tiempo que se representara en nuestros teatros, con decoro, este admirable drama de Lenormand. |
también su gesto, de expresión elocuente, que sigue o precede a la palabra, según convenga a la acción, como la sombra al cuerpo. Con ser la dominada forma de hablar la suya tan excelente, lo es más su técnica de los silencios, lo que más se oye en el teatro cuando se sabe emplear. Todo esto es lo que hace de López Lagar un gran actor, que dicho así, a secas, vale mucho y más que la hipérbole en el anuncio y la jerarquía escalafonaria de llamarlo simplemente ¡primer actor...! Es tan buen comediante que él mismo "se roba" con sus silencios, los mejores momentos de sus réplicas o parlamentos. Gran noticia ésta, pues, que tengo el gusto de servir a los amigos lectores. |
esos itinerarios en zigzag, que ponen diez horas de tren y cientos de kilómetros entre dos poblaciones vecinas. Motivados por las disponibilidades de los teatros de provincia, representaban, para los actores, una fatiga excesiva. Las partidas al amanecer, las esperas quejumbrosas en las estaciones sin cantina, los cuartos, cuyo empapelado colgaba a trozos y que olían a hollín frío: no, no los he inventado. Cada vez que se llegaba a una ciudad, cumplíase con el rito de la visita a la catedral. ¡Cuántas veces hemos presenciado, bajo las vidrieras oscurecidas por el anochecer, el indolente desfile de los cómicos, embargados por sus disputas, sus amores, sus fantásticos proyectos! En cuanto a los teatros, con sus tres decoraciones que habían de servir para todo -una sala, un interior campesino y un bosque-, sus camerinos con espejos quebrados, su 'foyer' para el público, realzado con un mostrador bar y unos veladores de hierro, eran efectivamente por aquellos tiempos, tal como los he evocado en Los fracasados. De entonces acá han cambiado. Ya hoy sería imposible oír aquello que yo oía, hacia 1910, durante los entreactos. Pero la 'escena del foyer', en la cual la vulgaridad, los prejuicios y la necedad hechos persona giran como tiovivo, esa apenas si ha variado..." |