Nuevo día, pieza en tres actos de Olga Harmony, en el teatro Aguileón del Instituto Anglomexicano Armando de Maria y Campos |
Ya he dicho más de una vez que creo que la raíz de eso se ha dado en llamar "crisis" del teatro está más que en el escenario, en la sala. El teatro es, por definición, la voz de una conciencia colectiva o de un entusiasmo común. El vigor del arte dramático se fabrica normalmente de "ida", como si dijéramos, marcando la robustez colectiva de una emoción o de un pensamiento, que en la escena se refleja. La grandeza del tetro de Sófocles, del de Lope de Vega, del de Racine y Corneille, es, más que un fenómeno puramente literario, una parte -o un rebote, si queréis- de la grandeza de la Grecia de Pericles, de la de España de los Austrias o de la corte francesa del Rey Sol. Se ha ensayado, también, contruir teatro de "vuelta", es decir, teatro colocado frente al público, no en actitud de eco y reflejo, sino en actitud de objeción y crítica: teatro "contra el público", que podríamos decir. Este teatro -tipo Ibsen, tipo Bernard Shaw, tipo Benavente y... tipo Usigli, para traer el comentario a nuestros lares (y para referirnos solamente a Jano es una muchacha, ejemplo perfecto de teatro "contra el público")- presupone todavía una cierta comunidad de pensamiento en su auditorio; no es ya la comunidad lírica y entusiasta de esos grandes momentos históricos reflejados en los teatros cimeros -griego, francés, español- que antes citaba; pero es, todavía, hacia abajo, una cierta comunidad acomodaticia y burguesa, frente a la cual el autor se coloca en actitud de admonición y flagelo; porque esa conciencia inferior y burguesa gusta que la flagelen, así como la otra enstusiasta de los siglos fastuosos gusta de que la reflejen y la halaguen. |
algunas semanas en una mesa redonda sobre "Los problemas del teatro" en unión del autor Usigli, del director Wagner y del actor Gómez de la Vega, al frente de un grupo de muchachos, creo que también universitarios, ha conseguido el teatro Aguileón, del Instituto Anglomexicano, para estrenar la que estimo su primera pieza teatral, en tres actos, titulada Nuevo día, y cuya acción pasa en Puebla -cuna trágica de la revolución mexicana-, en septiembre de 1910, los dos primeros actos, y en los primeros meses de 1911 el tercero, lo que supone que trata de reflejar, no de halagar, y aun de flagelar a la sociedad mexicana que gestó en su entraña podrida el nuevo día -la revolución- de la patria. |
La interpretación estuvo cuidadosamente dirigida. Para el papel principal -Lucía, la madre- se recurrió a una actriz profesional, Amparo Grifell, en tipo y en edad, excelente comediante. Creó con mucha seguridad su personaje, sin el cual no habría obra, y que mal interpretado comprometería seriamente el total. No fue así, y Amparo Grifell logró otra noble interpretación, segunda suya magnífica este año. Muy sobrio y emotivo el Vicente, padre en la pieza, de Bruno Martínez. Las señoritas Rosa Furman y Elsa Contreras, en la hija y la prima, se portaron muy desenvueltas, llevando al público la emoción de sus caracteres contradictorios. Correctos los galanes -José Loza (¿Eduardo Larios?) y Guillermo Aguilar, y también el resto de los intérpretes, Silvia Macías y Ramón Soto. Buen debut el de Raúl Kampfer como director en esta primera obra que dirige, y a la que supo darle tipismo, particularmente en el vestuario. La escenografía, estimable, es de Leonardo Martínez y Alberto Villarreal. |