La soif de Bernstein, en la sala Molière, por Les Comédiens de France Armando de Maria y Campos |
En más de medio siglo -se inició con Le marché, el 12 de junio de 1900-, Enrique León Gustavo Bernstein (nació en París en 1876), ha producido veintiocho comedidas que encarnan las pasiones, las luchas amorosas, las inquietudes morales y metafísicas de varias preguerras. Longunm mortalis aeve spatium. Hoy, este tenaz hombre de teatro, "más que septuagenario", continúa produciendo, y, como es natural, es víctima de frecuentes, ásperos ataques de parte de la crítica joven -me refiero a la de Europa, porque la actual mexicana, adolescente en su mayoría, ha visto representar muy poco a Bernstein-, que lo encuentra anticuado, "pasado", fuera de tiempo y de ambiente. |
No le importó nunca a Bernstein la verosimilitud en el teatro. Heredero de Sardou busca los efectos de la intriga: la situación propiamente, para usar después de los mejores y tradicionales resortes dramáticos. Parece que las guerras no hacen mella en su modo de hacer teatro. Lo cierto es que Bernstein, autor dramático en la más alta concepción del término, se sobrevive, y no deja de interesar ni aun a los jóvenes de más exigente mentalidad renovadora. "Lo que vale -ha escrito- es el pensamiento de quienes nos escuchan, son los ensueños sugeridos por nuestros personajes, por las palabras o por los silencios que hemos imaginado". Con la naturalidad, teatral por cierto, con que el agua brota de las fuentes, han seguido brotando del cerebro y del corazón de Bernstein los dramas, las comedias: Después de mí, El asalto, El secreto, La evolución, La galería de los espejos, El veneno, Malo, Esperanza, El viaje, El cabo de las tormentas, La felicidad, El mensajero, Elvira, y Víctor, que creo es la última que ha salido de su pluma. |
Excelente interpretación, muy equilibra, muy identificada mutuamente de parte de Moreau -el pintor Jean Galone-, de Jocelyne Granval -la Madelaine fatal- y de Xavier Massé -el amigo Claude-, secundada por Robert Kremper y Lucile Donnay. Julio Prieto vistió la escena con sobriedad y buen gusto. |