Un concurso teatral bajo el signo de Manuel Eduardo de Gorostiza. Sobre la interpretación de Clerambard en el teatro estudio El Caracol. Prieto y sus escenografías Armando de Maria y Campos |
Más de media docena de grupos teatrales, que debían participar en el concurso que anualmente, desde hace dos, veinte organizando el Departamento Central del D.F., para estimular a actores y autores incipientes, decidió separarse de tan discutido y desde luego muy mal organizado -también desde hace años- evento, y celebrar, otro, aparte, sin el sueño de premios en metálico y han tenido el acierto de ponerlo bajo el signo del insigne dramaturgo y eminente hombre de Estado mexicano don Manuel Eduardo de Gorostiza, cuya conmemoración centurial auspició en principio, como era su deber, la Agrupación de Críticos de Teatro, y de la que finalmente se desentendió, sin motivo aparente alguno, conformándose con la representación, triunfal por cierto, de Contigo pan y cebolla, por el INBA en Bellas Artes. |
Los lectores de esta columna están bien enterados de Clerambard y de sus andanzas mucho antes de que los señores Aceves y Arce la descubrieran en París, hace meses, lo que no tiene nada de extraordinario ni merece el menor reproche, porque todos los días nos enteramos de alguien que descubre el Mediterráneo.... Lo que falta decir en esta columna sobre Clerambard y su postura en El Caracol es cómo la entendió el joven y ya maduro director señor Aceves, y cómo la interpreta su grupo, en cada obra distinto y diverso. Creo que Aceves equivocó la interpretación que debe darse a esta pieza difícil de clasificar, y que no es, desde luego, cómica al estilo del astracán español, ni tampoco una "pochade", que diría un galaizante. Aceves entendió su aire de farsa como un movimiento bufo. Yo creo, y me apoyo en valiosas referencias, y en una lectura cuidadosa, que no es eso. Como tampoco debe ser de un realismo brutal el ventarrón de pasiones que cruza, arrastrando toda clase de desperdicios, el tercer acto. Los actores, que hacen lo que el director les ordena, no son culpables de nada. Un buen actor experimental debe hacer lo que el director le ordena. Desde luego, Müller, estudioso, entusiasta, inteligente, carece del aliento, de la inspiración -iba a decir del genio, pero sería excesivo-, para interpretar el excepcional protagonista de la pieza de Aymé. Un adagio dice que aquel que hace lo que puede, hace más de lo que debe; Müller no está obligado a hacer más. Otros personajes también les vienen grandes, holgados, a los actores encargados de hacerlos reales y humanos. En este caso está el de la Condesa de Clerambard, a cargo de una estudiosa actriz, la señora Monzón. Si el señor Aceves hubiera hallado a una actriz de mayor hondura, de más profundidad, y de más experiencia también, otro sería el fondo que se revelaría en la genial obra de Aymé, y otra la forma que cautivaría al espectador de sensibilidad fina e inteligencia cultivada. Tampoco la señora Reva Reyes entendió el personaje, puro e impuro por una extraña mixtura de vicio e inocencia, de la prostituta del pueblo en que se desarrolla la acción maravillosa de Clerambard, y ni ella ni su director pudieron evitar que repitiera un personaje de aparentes analogías, La Pindonga, de una obra tremenda, francamente realista de Steinbeck, La fuerza bruta, que le puso el director japonés señor Sano. El único personaje que está a tono es el que hace la poliédrica señora doña Carmen Eva Melken Masenberg, Magda Donato en sus andanzas artístico-literarias, actriz también que ha madurado en largas experiencias y en temporadas de teatro experimental en España y en México, y que, por virtud de una credencial de la Asociación Nacional de Actores, se ha convertido en actriz profesional, según ella lo tiene a orgullo. Con credencial de la ANDA o sin ella, como profesional o como experimental, la señora |
viuda de Bartolozzi saca muy bien, muy justo y entonado, el personaje de la suegra de Clerambard, especie de sentido común en esa tragedia -no bufonada- de iluminados y resignados, tocados todos por el milagro de la presencia de San Francisco de Asís. |