El duende gitano es intraducible o los amores de Belisa y don Perlimplín en francés Armando de Maria y Campos |
Por tercera vez los personajes de Federico García Lorca suben al tablado de la antigua farsa francesa. Dos veces -que yo recuerde- en su lengua original: La zapatera prodigiosa y Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín,1 y una en francés, ahora, durante la temporada que los Amigos del Teatro Francés vienen celebrando en la sala Molière del Instituto Francés de América Latina. En dos ocasiones se ha representado la misma obra: los amores de don Perlimplín y Belisa, por distintos actores. Con la representación de la tragedia amorosa de ingenuo y trasnochado galán que es don Perlimplín, alternó la bella comedia La folle journée de Emilio Mazard, y hubo además un recital: La France poétique de François Villón a nuestros días. El "duende" gitano no sólo es intraducible, sino que es, muchas veces, invisible; invisible para los "payos". También indefinible. Se tiene o no se tiene; se siente o no se siente. García Lorca, que tampoco lo definió en términos de diccionario, decía que el maravilloso cantaor "El Lebrijano", creador de la "debla", comentaba: "los días que yo canto con duende no hay quien pueda conmigo"; la vieja bailarina gitana, "La Malena", exclamó un día oyendo tocar a Brailowsky un fragmento de Bach "¡Olé!, eso tiene duende", y dicen que estuvo aburrido con Gluk y con Brahms y con Darius Milhaud. Y Manuel Torres, el hombre de mayor cultura en la sangre que García Lorca confesaba haber conocido, dijo escuchando al propio Falla su Nocturno al Generalife esta espléndida frase: "Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende". ¡Qué verdad tan grande para los gitanos! Del mismo Torres es este comentario a un cantaor famoso, rico, pero sin cartel entre los cabales: "Tú tienes voz, tú sabes los estilos, pero no triunfarás nunca, porque tú no tienes duende". El secreto del arte añejo y actual de García Lorca está, sencillamente, en que todo él tiene duende... |
Viejísima cultura y creación en el acto. Un viejo guitarrista le decía a Federico: "el duende no está en la garganta, el duende sube de dentro desde la planta de los pies". Es un poder misterioso que todos sienten -los que están en estado de sentirlo- y que ningún filósofo, desde Séneca a Ortega y Gasset explica. El duende está en la media Verónica de Belmonte y en el "par de Pamplona" de Gaona; en la cintura y en las castañuelas de Antonia Mercé y en la garganta tronca de la Niña de los Peines. Duende romano llamó García Lorca al de "Lagartijo", duende judío al de "Joselito" y duende barroco al de Belmonte; el de "Cagancho" fue, simplemente, duende gitano. Pero el toreo de Gaona también tuvo duende; por eso embrujaba a los andaluces cuando se echaba el capote a la espalda...
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Así y todo, qué bien se oye en la lengua de Valéry la deliciosa pieza lorquiana; y qué gracia tan sutil la que derrama en acentos y actitudes Carole Vernay, digna, de ser morena y granadina. El gran talento histriónico de André Moreau compuso un don Perlimplín conmovedor en su ingenuidad de desposado cornudo, doloroso en su trágico gesto negro de arrancarse la vida para que las grandes astas de ciervo adulto, que le crecían a la vista de todos, no lo obligaran a caminar encorvado. 1 N. de la E. Esta última en la crónica del 20 de diciembre de 1950. |