La escena existencialista en México. Estreno y representación de Muertos sin sepultura de Jean-Paul Sartre por alumnos Armando de Maria y Campos |
El teatro de Jean-Paul Sartre está de moda en México. Como en París, en Nueva York y en Buenos Aires, en Praga, en Varsovia y en Viena. El autor francés existencialista y el norteamericano Tennessee Williams se disputan la atención y la curiosidad de los públicos más heterogéneos. Pero en tanto que de Williams se discute una sola obra, del existencialista francés se aceptan o rechazan dos, tres, cuatro. En México, durante el mes de diciembre de 1949, se han representado A puerta cerrada, Muertos sin sepultura y Las manos sucias, esta última en francés, por el magnífico grupo que dirige André Moreau, pero ya se anuncia una representación en español, para principios de enero, por el grupo de José Aceves. La representación de Muertos sin sepultura se ofreció a un reducidísimo público desde un salón convertido en teatro de la Facultad de Filosofía y Letras y por alumnos universitarios del profesor Enrique Ruelas, primero, y luego en la Sala Molière -ciento noventa butacas-, mismo local en que Moreau representó Les maines sales y donde antes había sido presentada A puerta cerrada. Sartre está de moda en México, pero sólo en ciertos medios pseudointelectuales, y entre un público aficionado al teatro que, salvo excepciones, no está habituado a pagar por ver representar. |
Muertos sin sepultura, la pieza representada por jóvenes universitarios, a la que se contrae este comentario -cuando llegue el estreno en español de Las manos sucias le dedicaré uno a esta obra, y a su doble interpretación en francés y en castellano, anticipando, ahora, que la representación francesa, dirigida por Moreau, es magnífica-, no es la más típica de la doctrina sartreana, no obstante que tiene un antecedente francamente existencialista en el estupendo cuento del propio Sartre titulado Le mur. Conviene recordarlo. Un puñado de prisioneros, cuyas angustias, torturas e inquietudes ante la proximidad de la muerte, alcanzan un fin absurdo. Han luchado por la buena causa, los aprisionan, atormentan, fusilan a algunos, pero no revelan el sitio en que está escondido Ramón Gris, el jefe de todos ellos. Esa lealtad hasta la muerte piensa Sartre que no tiene ningún sentido; al protagonista le hace decir que ni le importa la causa, ni quiere a su jefe, no tiene ningún valor de su vida, por la que, sin embargo, sacrifica estúpida y fanáticamente la suya. A última hora, por mofarse de sus carceleros, les dice que Ramón Gris está escondido en el cementerio, donde a él le consta que en modo alguno pueda estar. Pero a Ramón Gris inesperadamente y contra toda presunción se le ocurre esconderse efectivamente en el cementerio y allí le prenden. Todo lo que han hecho los del grupo es absurdo e inútil; absurdas sus torturas, absurda su lealtad, absurdo su trágico fin. |
entregarse voluntariamente a la muerte, inclusive en un instante en que el azar les procura el medio de salvar sus propias vidas. Este último acto de valentía será inútil también pues todos perecerán asesinados. Esta muerte aparece como el único destino que pudiera serles misericordioso. La verdad es que habría mucho qué decir sobre la filosofía de este final, pero es evidente que Sartre ha sabido reunir en su obra la evocación de la mayor parte de los casos de conciencia que inquietaban a los voluntarios en el combate voluntario. |