Reposición, en el Arbeu, de Doña Francisquita de Vives, por la compañía de Pepita Embil Armando de Maria y Campos |
El alma de Madrid, clara y difícil, porque representa el sentir de los hombres que llegan a la villa del oso y del madroño, de los cuatro puntos cardinales de la península ibérica, alma garbosa y manolesca, halla sus mejores intérpretes en músicos nacidos en Cataluña. Catalán nacido en Barcelona, fue Luis Misón que es nada menos que el creador de la tonadilla escénica -tan madrileña- de mediados del siglo XVIII, vena melódica que andando el tiempo formara la música madrileñísima de los Barbieri, Chapí, Bretón y Moreno Torroba. Catalán es también Pablo Esteve y Grimau, que continúa y mejora la obra misoniana. Otro gran músico catalán, nacido en Lérida, hace, años más tarde, música madrileña que sienten toda España, y toda América, ¡y toda Europa!, como cálida ráfaga de trapío y fandango, en la obra cumbre del teatro lírico moderno; Goyescas. Este músico catalán que crea música madrileña es Enrique Granados. Tanto como el que más, o más que ninguno de estos autores, Amadeo Vives llega con su Francisquita a un altísimo punto de identificación con el espíritu musical de Madrid, y por esta sola obra el gran catalán es un inconfundible músico madrileño, heredero legítimo y directo de Francisco Asenjo Barbieri, el de Pan y toros y El barberillo de Lavapiés. |
Fenisa, la protagonista de esta comedia, es menuda, graciosa, un poco bachillera, sin rozar, ni por lo más remoto, el ridículo; ingeniosa, discreta, alegre; en fin, lo que podríamos llamar el arquetipo de las mujeres de esta tierra. Una cosa, empero, le falta a esta criatura para ser una castiza de arriba a abajo; desgarro, tronío, a sus momentos. Qué más da. Por fortuna, la comedia tiene otro personaje, Gerarda, que dará para la zarzuela, esa cualidad indispensable en el conjunto de enredo. Pero no hay que desvirtuar el carácter de Fenisa..." Con estas palabras dio a los libretistas famosos, Romero y Fernández Shaw, el libreto de Lope -¿sería la edición en octavo menor, de la que conservo un raro ejemplar?-, para que de él sacaran el de una zarzuela "muy madrileña". Aunque de momento los libretistas zarzueleros no "vieron" la zarzuela, ni los momentos líricos para el músico, es indudable que en La enamorada discreta hay un enredo delicioso. Aquellas insinuaciones y sutiles arbitrios de Fenisa para hacer comprender a Lucindo que está enamorada perdidamente de su persona, originarían escenas finas y alegres, con el fondo musical de una gracia expresiva extraordinaria. Y ese castizo personaje que es Gerarda, prendada también del doncel, y la humana y grotesca debilidad del viejo por la niña, y las travesuras de Hernando, el criado, personaje indispensable en las comedias de oro del siglo de ídem... Pero, ¿no resultaría poco accesible al público de ahora un enredo en el Madrid del siglo XVII... Muy sencillo; trasládese la acción en pleno romanticismo, con los toreros patilludos, las cantaoras desgarradas y apasionadas y los bailes de candil. En vez del Madrid de los Felipes, el de "El solitario" Estébanez Calderón... ¿Qué mancebo me pasea |
-Prevención. Francisquita -primera zarzuela española en nuestros días- se estrenó con un éxito en verdad extraordinario. En Madrid, naturalmente. La obra entera es un canto a Madrid, a sus mujeres, a sus enamorados, a sus chulos y viejos verdes; a sus risas y a sus llantos; a sus toreros castizos y a sus bailes de candil. El bolero del Marabú es un canto profundo y alegre a la gente de bronce de los barrios de rompe y rasga madrileños. |