Los proverbios en el teatro. De Alfredo de Musset a Alejandro Casona Armando de Maria y Campos |
Es extraordinario el entusiasmo que siempre han despertado los proverbios dramáticos, desde Alfredo de Musset hasta Alejandro Casona, pasando por los deliciosos de Gerard d'Houville. Para mi gusto, los de Casona en Prohibido suicidarse en primavera y en Los árboles mueren de pie, no tienen rival, tan hondos y tan alejados a la vez. |
Ese "interior" es el escenario del drama. Los personajes, como corresponde a una obra proverbial, se llaman Él y Ella. El se da cuenta de que sobre la mesa de la estancia hay una botella de licor, un paquete de fotografías y un revólver. -¿De quién será todo eso?, se pregunta. Como para contestarle, una exquisita rubia, vestida con rico pijama, aparece en ese minuto preciso: Ese lenguaje, ese rostro, esas fotografías, ese revólver... Aunque nuestro héroe no fuese muy sutil, tendría que adivinar que se trata de desesperada, que espera a un ingrato amante para matarse o para matarlo. Nuestro Él reflexiona. ¿Matar a otro? No. No es posible. No tiene cara de eso la linda desconocida. Así, pues... Y en su mente surge el gentil proyecto de salvarla. Se sienta. Él, bebe un poco de whisky. Luego enciende un pitillo caro, porque hay que ser fino, minucioso hasta en los momentos más patéticos, pero por más que Él se empeña en sondear las intenciones de su amiga nunca vista antes, ella no se expresa en un principio sino por medio de enigmas. ¿Es posible que una dama tan hermosa y tan ricamente ataviada le dé tal valor a los caprichos del amor que piense, por ellos, en abandonar su confortable vivienda, en la que vive de una manera admirable, por el hueco frío y húmedo de un cementerio? Su cita de las cinco de la mañana tiene, por fuerza, que ser una cita de las cinco. Y la muerte es una cosa horrible, la muerte es una cosa helada, la muerte es una cosa implacable. Puesto que la providencia lo ha hecho pasar por allí, él quiere darle su recado, que es un encargo que para ella le han comunicado la Vida, la Juventud, la Esperanza. Ella.-¿Eso es todo lo que tenía usted que decirme? Pues ahora márchese usted. Claro que él no se marcha. Si se marchara ya no había proverbio. Es necesario esperar la hora exacta. Es indispensable aguzar el ingenio para mezclar de una manera aristocrática lo frívolo y lo trágico, lo impertinente y lo emocionado. Ella es la que comienza llamando a su entrometido protector idiota, animal, importuno, ridículo y mil lindezas más, El, en su paciencia de apóstol, se contenta con sonreír. ¿Animal? Sí; animal bueno, en todo caso animal que quiere salvarla del abismo en que va a precipitarse, animal franciscano. Y, si ella le pregunta por qué razones se interesa de ese modo o por quién no le ha dicho ni su nombre, le contesta que es por ternura. Una mujer tan bella, y que debe saber amar tan apasionadamente, le parece un ser digno de que el mundo entero lo cuide. ¿Por qué sólo ella no se estima en lo que vale? Entonces, de pronto, sin poder contenerse, ella le refiere toda la |
historia de su martirio. Ella pertenece a la más alta sociedad. Ella vivía feliz en compañía de un esposo ilustre, que la adoraba y se desvivía en satisfacer todos sus deseos y caprichos. Mas, ¡ay!, un día, un día entre todos los días, penetró en su vida, en su alma, en su sangre, la mirada de otro hombre. ¿Joven? Sí, como todo el mundo. ¿Guapo? No más que su esposo. Y por ese seductor ella abandonó su hogar, sin saber que, al cabo de poco tiempo, también había de estar abandonada. Y, desde que está sola, su vida es peor que la muerte, con la cual tiene una cita a las cinco efectivamente. Ella.-Ahora ya no poseo nada, ya no soy nada. Y, de buena fe dejándose arrastrar por su emoción le ofrece una nueva vida, a su lado, en medio de las riquezas y de los placeres de que dispone. No le pide amor. No le pide nada. Lo único que le pide es que le acompañe por todas partes, que le permita curarle el espíritu, que lo tome como profesor de alegría. Ella.-Usted me conmueve ¡Cuánta bondad! Casi, casi... En todo caso, ¿usted me asegura que no me exigirá que lo ame? "En el instante en que él se levanta para ir a ponerse el abrigo, él quiere darle un beso. Ella resiste. Él se empeña. Ella grita, pidiendo socorro. Él, enloquecido, le aprieta la garganta, hasta que ella cae, exánime, sobre la alfombra. El reloj de la chimenea da las cinco... Es la hora exacta, o nadie escapa a su destino..." Y por eso es un proverbio.
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