El estreno en México de Los árboles mueren de pie de Alejandro Casona y los poetas en la producción dramática Armando de Maria y Campos |
Los lectores de esta columna -obelisco para mis escasas aptitudes- ya tienen noticias del éxito que alcanza estos días con sus noches la bellísima comedia de Alejandro Casona Los árboles mueren de pie, que bajo la dirección de Cipriano Rivas Cherif representan en el teatro Fábregas doña Prudencia Grifell, Carmen Salas, Miguel Maciá, García Alvarez, Cobo, Catalá, Meyer; los enteré del éxito que también alcanza en Argentina y en Colombia, y arrojé al viento de su curiosidad algunas fechas para formar la ficha del "sembrador de inquietudes", como su Mauricio de esta pieza, que es ya el autor español más universal de su tiempo. |
español que forzado a vivir fuera de sus lares nunca tiene nada de españolada, se manifiesta en un llamamiento a la poesía. A la poesía dramática, entiéndase bien, a la poesía concebida dramáticamente, no al drama hecho poesía, que es lo que hizo García Lorca, que no llegó a cuajar en autor de teatro; quedóse en poeta que hizo dramas -Yerma, Doña Rosita, Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba-. Pero lo característico de este gran poeta del teatro que nunca lo ha escrito en verso, es lo inverosímil de sus temas; es decir, que lo inverosímil no existe en el teatro de Casona. El ha sabido borrar la frontera entre el sueño y la realidad, entre la muerte y la vida, entre la locura y la razón, entre la naturaleza y la quimera. Su teatro, que ha llegado con Los árboles mueren de pie, a un equilibrio increíble entre la creación dramática de tema y personajes, entre el diálogo que parece no decir nada, pero que tiene alas para un vuelo largo de la imaginación, y el "bocadillo" oportuno, gracioso o picaresco, tan lleno de humorismo como de ternura, tiene, sin embargo, un antecedente en Liliom de Molnar, cuyo protagonista de ese nombre, muerto, vuelve de ultratumba, con la misma naturalidad que si llegase de una población cercana, trayendo consigo una estrella que ha cogido al paso en el firmamento para regalársela como un juguete a su hija. No vale traer aquí la fábula poética y con "mucho teatro" de Los árboles mueren de pie. La acción se inicia en una "fábrica de sueños", cuyo director y una de sus recién ingresadas pacientes, aceptan pasar por el nieto ausente la esposa, que regresan para dar vida a una abuela que vive sólo esperando el retorno del "nieto pródigo", farsa y fábula que imagina el abuelo desesperado antes de la inesperada vuelta del heredero rufián. Lo que cuenta, en primero y último término, no es lo que pasa en la comedia, sino cómo pasa, y lo que se dice, en tanto la abuela permanece de pie, bien muerta por dentro, ¡como los árboles!... Teatro excelente el de Casona, que, como el de los clásicos, no reconoce límites de técnica, ni de invención. El teatro -dice Ortega y Gasset- sólo nos parece excelente "si envía hacia nosotros bocanadas de ensueño, vahos de leyenda". |