Zorrilla en México. Una noche vio representar su Tenorio en la troje de una hacienda por un indio otomí Armando de Maria y Campos |
A los pocos días de llegado a México, José Zorrilla marchaba con el conde de la Cortina a una hacienda que un primo de este prócer andaluz-mexicano, don José de Adalidad, en los llanos de Apan, donde el autor de Don Juan Tenorio pasó largas temporadas. Viviendo en la hacienda de Apan, en una ocasión pasaron a la que Zorrilla llama "la hacienda de Los Reyes" para presenciar las fiestas del día de san José, nombre que llevaban el poeta, el conde de la Cortina, el propietario de la finca, la hija mayor de éste y varios de los invitados a la fiesta. Durante los varios días que duró la celebración de esa fecha -marzo de 1855- los invitados gozaron de corridas de toros a la campirana, riñas de gallos y baile; Zorrilla pudo comprobar la ya arrolladora popularidad de su Don Juan Tenorio. Con defectos tan notorios Y si en el pueblo le hallé La descripción de la sorpresa que le causó ver representar su Don Juan por indios que recitaban en una jerigonza extraña, mezcla de otomí, castellano y andaluz, es ésta: Sobre mí a un anochecer |
Eché a escape y me acogí Celebrábase una fiesta: y son fiestas extremadas Entré e hice lo que todos; mas mi caballo al pedir, -¿Y a quién hay que se le antoje Y a mí que lo había escrito Mas ¡ay de mí, cual salió! Tal es la gloria mortal, |
Entonces, Zorrilla vivía en México con $250.00 que le enviaba mensualmente don Isidoro Lira, director del Diario la Marina. Con esto y algo que le mandaban sus amigos de Cuba, Bustamante y Romero, con la generosidad de sus hospedadores y con algunas deudas que iba adquiriendo, el poeta se las arreglaba. Sin embargo, aquella temporada en la finca de Apan debió ser triste para el poeta. "Tenía yo, pues, en México -escribe en los Recuerdos del tiempo viejo- lo que he tenido siempre después, el vacío del corazón, ocasionado por la pérdida de lo único que había mantenido mi existencia: la fe. En mi mesa no había ya tintero, ni a la cabecera de mi cama un libro, el espíritu dormía, la inteligencia funcionaba pero no producía, y el cuerpo vivía, pero no gozaba la vida. A las seis de la mañana me iba a matar conejos para almorzar; a las once, ardillas para comer, y a las cinco de la tarde tórtolas para cenar; mi criado francés, que era profesor en la ciencia culinaria, se ocupaba de la cocina, y yo de la escopeta, y a las nueve nos acostábamos". Don Juá, don Juá, yo lo imploro El don Juan, mulato también, durante la escena del cementerio, se había arrancado por guajiras: Mármol en quien doña Inés
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