-“¿Cuándo volverá a escribir sobre teatro?”, me preguntó irónicamente respetuosa una ex alumna hace dos o tres semanas.
-“Cuando lo haya”, respondí.
La mutua provocación, entre bromas y veras, me obligó a revisar la idea de Franco Quadri que, a principios de año, cité aquí como programa personal: cuando el teatro local se vuelve rutinario, el crítico debe romper las fronteras del país y del lenguaje artístico de su especialidad; entonces el crítico salta del cabuz y se adelanta a la atascada maquinaria señalando posibles derroteros.
Pero el cariñoso diálogo funcionó también como invocación, pues pasados unos pocos días, el teatro reaparece. Demonios de Lars Norén, puesta en escena por Teatro Línea de Sombra para conmemorar sus diez años de existencia, se nos presenta como un señor trabajo.
Lo primero que salta a la vista es la magnitud de la empresa: una realización sin concesiones, cuidada en todos sus rubros, con un equipo actoral sorprendentemente equilibrado, para dar cuenta de una obra tan difícil como atrayente, tan revulsiva como misteriosa.
En la tónica de Munich-Atenas (del mismo autor) y El censor (prácticamente con el mismo reparto), Jorge A. Vargas vuelve, después de su rencuentro y revisión del espectáculo basado en las imágenes y el lenguaje corporal (Galería de moribundos), a la teatralidad que se sustenta en los contenidos emocionales del drama.
Es éste hasta hoy un oscilar continuo del director que, como me lo sugirió Ileana Diéguez, remite a su colaboración artística con Luis de Tavira, marcado a su vez por periódicas oscilaciones; y que en el plano más amplio –añade Ileana–, recuerda la relación de Stanislavski y Meyerhold: maestro y alumno, creadores a cuál más y antípodas de la puesta en escena.