Kabarett, así con ka y doble te… tttt…ttt… comienza por especificar Ute Lemper en su presentación en el atiborrado Teatro de la Ciudad, luego de un intenso fin de semana en México.
Ciertamente, su espectáculo nada tiene que ver con nuestra idea del cabaretito, donde el humor local suele arrastrarlo todo hacia la chunga loca; donde música, sentido, poesía o erotismo, suelen desaparecer tras la cadena de chistes políticos (cierto que aquí las burlas nacen hechas), donde suelen ser ocultados por la gracia del albur, donde la excesiva alusión a lo cotidiano elimina su posible trascendencia.
En el caso de la diva radicada en Nueva York, el subrayado del género, y de la excelencia alemana en él, así como su ubicación temporal entre dos guerras, determinan el delicioso devenir de la velada. Acompañado de una buena dosis de alcohol, como tuvieron la fortuna de experimentar los asistentes al Salón XXI, el espectáculo puede alcanzar grados de paroxismo.
Enmarcado por las piezas y los autores clásicos de los años veinte y treinta del siglo que se ha ido (Kurt Weill, Hans Eisler, las célebres versiones interpretadas por Marlene), el repertorio de Ute Lemper se extiende sin embargo tanto en tiempo como en latitudes culturales.
En todo caso, Astor Piazzola o Jacques Brel comparten con Brecht y los mencionados compositores y cantante, la apropiación de los códigos extraídos del tugurio, la ruptura de barreras entre formas cultas o populares. Del “antro” al Teatro, el Kabarett de Ute Lemper vuelve a realizar el deslizamiento original.
Pero las ampliaciones que la espigada rubia impone al género no se detienen ahí, sino se apoyan en el carácter emergente de su edad dorada y extrapolan su urgencia, su sentido vital, su mezcla de lamento y grito de supervivencia, hacia experiencias y espacios semejantes.