Procedamos entonces como él, a “leer” la teatralidad de la noche de gala (“formal”, aunque usted no lo crea, rezaba la invitación) con que dio inicio el proyecto de Mario Espinosa quien –primer signo escénico para reflexionar– no apareció sobre el proscenio de Bellas Artes. Quizás fue su buen instinto teatral que lo libró de la incomodidad que traslucía Ignacio Solares, ante una de esas ceremonias inaugurales en las que pervive un cierto aire provinciano.
Así como pervive en el programa (fragmentos de música, danza, teatro, y banda de viento como remate) un tufo a festival escolar, por más que se cobije bajo el actual concepto de Showcase. Increíble, siendo todos hombres de escena, que nadie haya pensado (más allá de la mecánica técnica) los enlaces entre los diversos fragmentos presentados.
En ellos (de indudable calidad, desde luego), se aprecian algunas características interesantes: la teatralidad que potencializa los efectos de la música contemporánea (por ejemplo, el excelente número en la mesa de Tambuco o la explotación de la singular figura de Horacio Franco) contrasta con la ausencia absoluta de la palabra y, por ende, del teatro. Aunque se agradece el cambio de tono que significó el fragmento de Galería de Moribundos, limitar al teatro a su vertiente corporal (a la que, dicho sea de paso, no se le hace ningún favor colocándola después de un fragmento dancístico) es asumir el pavor a expresar la propia voz, “a la mitad del foro”.
Finalmente, el signo más alarmante de la primera sesión de Puerta de las Américas tiene mucho que ver con ese idiosincrásico pánico escénico que aparece en cuanto pensamos en el exterior. Como si el tiempo de afirmarnos bebiendo aguas de jamaica (sin menoscabo, insisto, de la belleza de los soneros veracruzanos y las bandas de viento) no hubiera pasado ya, una vez más abrimos la puerta al mundo aferrados a la idea de atraer las miradas mediante nuestro espléndido folclore.
Esta visto que las cordilleras suelen ser una actitud mental.
* A decir verdad, el aserto no hace justicia a la admirable continuidad que Emilio Carballido ha dado a Tramoya, una revista que ha llegado al número 100 aunque, como dice un chiste que ronda en el medio, nadie la lea… ni para corregirla.