Entre todas las obras vistas en el “Russian Case”, lo hemos dicho, sobresale la versión escénica de La guerra y la paz: los inicios de la novela, una auténtica obra maestra firmada por el septuagenario Pyotr Fomenko.
El resto de la programación, con sus altas y sus bajas, muestra una tendencia al conservadurismo, en términos de repertorio. Baste señalar que el Festival presentó la primera versión escénica rusa de Ubú Rey, obra fundadora de una vanguardia aplastada en estas latitudes por los imperativos del realismo socialista. Y baste señalar también, para muestra del conservadurismo del público, que, a más de 100 años de su estreno mundial, aún hubo quien se escandalizara con su proverbial maledicencia.
Por el contrario, las puestas en escena rusas muestran una tendencia a convertir la originalidad en una obligación, el empleo de metáforas escénicas en un programa. El resultado, con frecuencia, se traduce en una falta de organicidad que catapulte la imagen, el gesto, las relaciones actorales, hacia la simultánea calidad sintética y disgregadora que define a un hecho poético.
Es ésta la característica esencial de La guerra y la paz: los inicios de la novela, una organicidad absoluta que disuelve los símbolos escénicos y les permite penetrar por cada poro del cuerpo del espectador, que mantiene una fluidez (la prueba definitiva del teatro, según Brook) ininterrumpida a lo largo de sus casi 4 horas de duración, que graba con fuego sus imágenes en el ánimo de quien las contempla.
Ubicada frente a un gran mapa-telón de Rusia antes de la guerra, y entre los cuadros inconclusos (sólo el rostro aparece terminado) de Napoleón y Alexandro I, la obra mantiene abierto el significado del espacio: una galería imprecisa, un andamiaje que permite la simultaneidad de acciones; algunos objetos convencionales (escaleras de pintor o biblioteca, sillas, mesas, los marcos de los cuadros empleados como entradas) que adquieren sus múltiples sentidos por medio del juego actoral.
Con una genial capacidad de síntesis, los elementos del vestuario (un cuello militar, colocado sobre el indefinido atuendo negro, basta para marcar el ingreso del Príncipe Andrei a la milicia), la gestual de los personajes (un permanente correr –casi flotar– por el escenario, los brazos y el pecho abiertos, definen el adorable entusiasmo juvenil de Natasha Rostov), el trazo escénico (los estertores mortuorios del Conde Bezukhov interrumpen, desde el balcón, las escenas cotidianas del piso inferior), van dotando de vida al gran fresco tolstoyano.