San Petersburgo.- Caminar por Nevsky Prospekt, como ver en la Plaza Roja de Moscú el lujoso mall que ensombrece al mausoleo de Lenin, hace dudar de la inteligencia humana, de su capacidad para aprender de la historia. Cuántos años de dolor para adorar a Versace; cuántos millones de muertos para arrojarse a los brazos de la moda.
Mientras otras naciones que comparten la historia reciente, lograron modificarse rápidamente y hoy se integran a Occidente afirmando sus auténticos valores, Rusia busca en éste su peor rostro al tiempo que sostiene por doquier las viejas estructuras.
La autofagia de la burocracia comunista y el aparato del terror se extienden, una década y media después, al ámbito de la empresa o la seguridad privada. La pervivencia del sojuzgamiento del individuo, las actitudes persecutorias, llevan al visitante a preguntarse si no se trata, en realidad, de un rasgo idiosincrásico.
Al fin y al cabo, el sometimiento que propicia el indefenso, la disección del servilismo, son las materias que Gogol expone en El inspector, una de las obras más atractivas del “Russian Case”, el rostro que el teatro ruso desea mostrar al mundo entero.
La muy inteligente escenificación de Valery Fokin en el Teatro Alexandrinsky de San Petersburgo, es, al mismo tiempo, un indagar en este doloroso aspecto de la conducta y una confrontación con la propia herencia cultural; un diálogo con el pasado que se da por medio de las referencias a la mítica puesta en escena (1926) de Vesvold Meyerhold (una víctima real de ese poder).
La escena, que comienza con un trazo lineal frente a una gigantesca amplificación del boceto escenográfico de Meyerhold (cuya puerta “dibujada” se abre realmente para dar entrada y salida a los personajes), se construye y deconstruye paulatinamente a lo largo del espectáculo. La plenitud de los elementos escenográficos coincide con el clímax del autoengaño que genera la comedia (un visitante fortuito es tomado por el inspector del gobierno y tratado como tal), para desaparecer al momento del reconocimiento, dejando tan sólo unos grandes espejos que deforman de una manera esperpéntica al enloquecido “inspector” y a quienes involuntariamente lo han creado.