Las travesías internacionales, otrora aventuras llenas de imprevistos, han perdido significativamente su misterio en los tiempos de la aldea global. La reducción de las distancias y la cercanía tecnológica han cambiado, en mucho, el sentido del viaje; hoy día una parte medular de la actividad científica, comercial artística, o de cualquier otro rubro de la vida ordinaria.
Estas características se hacen patentes en Latitudes cruzadas, una coproducción franco - mexicana- canadiense que formó parte del muy disminuido XIX Festival de México en el Centro Histórico.
Por una parte, debemos celebrar (con la Puerta de las Américas abriéndosenos frente a las narices) la integración de Teatro Línea de Sombra a las formas y medios de la producción internacional, su capacidad ejemplar para sostener un proyecto artístico que les permite ya trascender nuestras fronteras, y del que nos hemos ocupado en múltiples ocasiones.
Por la otra, hay que lamentar, en este espectáculo particular, los vicios y lugares comunes del teatro hecho específicamente para la internacionalización, aquel que no puede desprenderse las etiquetas y rótulos de Export Quality.
En efecto, la idea misma de ubicar el viaje en un anacrónico navío donde confluyen los destinos y anhelos de once personajes, el sustentar la acción en sus encuentros y desencuentros o en las tensiones que surgen entre su afán de socializar y su necesidad de aislamiento, el uso de diversos idiomas (siempre occidentales) que enfatizan las cercanías y diferencias culturales, son, desde hace casi veinte años, típicos tópicos, recursos recurrentes, en un teatro destinado a los festivales y el mercado cultural. La idea del viaje se achata en los tiempos del turismo de masas.
Pero, a pesar de la calidad de su realización (un espacio impecable, limpieza de trazo y precisión interpretativa), el desfasamiento de estas
Latitudes cruzadas se ubica también en el lenguaje elegido para redactar la bitácora del viaje, para realizar su traslación en términos de escritura escénica.